
Ilustración: DANG HONG QUAN
Aquellos días en el campo eran verdaderamente tranquilos. Después del almuerzo, la abuela decía con dulzura: "Salgan a jugar, hace demasiado calor para dormir adentro". Sin necesidad de que se lo recordaran dos veces, los niños tomábamos nuestras esterillas, nos dirigíamos al patio trasero, buscábamos un lugar con sombra y nos acostábamos. Sin decir palabra, algunos apoyaban la cabeza en los brazos, otros de lado, y algunos daban vueltas un rato antes de quedarse dormidos.
Recuerdo aquellos atardeceres, el silencio tan profundo que se oía el suave susurro de las hojas. A lo lejos, los pájaros se llamaban entre sí; más cerca, las cigarras cantaban sin cesar, como una sinfonía veraniega interminable. Yacía allí, con los ojos entrecerrados, sintiendo la brisa acariciar mi rostro, trayendo consigo el aroma de la hierba fresca y los olores familiares del campo.
Mi abuela siempre tenía una jarra de agua fresca en un rincón del jardín. En aquellas tardes en que me despertaba con la garganta reseca, me acercaba tranquilamente, me servía una taza y me la bebía de un trago. El agua estaba lo suficientemente fresca, pero me calmaba la sed por completo. A veces, mi abuela añadía unas ramitas de hojas aromáticas, cuyo suave aroma se extendía por todo mi cuerpo, dejándome una sensación de frescura después de beberla. Cosas tan sencillas, incluso después de haber viajado a tantos lugares, jamás podré recuperar esa sensación del pasado.
Recuerdo que una vez mi madre se sentó a mi lado, me abanicó para que me durmiera y me dijo suavemente: «Cuando era pequeña, también dormía la siesta en el jardín como vosotros. Me acostumbré; el sonido del viento me da sueño». Más tarde, cuando crecí y pasaba noches dando vueltas en la cama en la ciudad, de repente recordé esas palabras y me di cuenta de lo tranquilas que eran esas siestas de la infancia.
Conforme crecía, los veranos se acortaban y los viajes a casa se volvían menos frecuentes. Mi abuela envejecía, mi madre estaba más ocupada y yo me veía inmersa en los demás altibajos de la vida. Había tardes en las que, en la sofocante intimidad de mi habitación, de repente añoraba un lugar lejano, un lugar con viento, el aroma de la hierba, el canto de las cigarras y una siesta tranquila y apacible en mi pueblo natal.
Intenté revivirlo. Una vez, al regresar a mi pueblo natal, recorrí el mismo camino de siempre, el mismo jardín, pero todo parecía diferente. Los niños de antaño se habían dispersado, ya nadie dormía la siesta en el jardín. Me acosté, cerré los ojos, intentando recuperar aquella vieja sensación, pero no lograba conciliar el sueño. Quizás no era el paisaje lo que había cambiado, sino yo mismo.
Pero los recuerdos siguen ahí. No aparecen con claridad, simplemente pasan fugazmente como un aroma. A veces es una tarde repentinamente tranquila, a veces una brisa que entra por la ventana, a veces solo un instante de tristeza. Y entonces, todo vuelve: aquellas tardes tumbado, aquellas siestas inquietas, aquellos rostros familiares que pasaron por mi vida con tanta delicadeza.
Ahora, cuando pienso en mi infancia, ya no intento aferrarme a cada detalle. Solo recuerdo una sensación: la de estar tumbada plácidamente bajo un cielo inmenso, sin preocupaciones ni prisas, solo yo y todo lo que me resultaba tan familiar. Una sensación que, quizás, por mucho que viaje, siempre llevaré conmigo. Y a veces, en medio de días ajetreados, me digo a mí misma que, si es posible, debería bajar un poco el ritmo.
Quizás, una tarde, redescubra a mi yo más joven, al niño que una vez dormía plácidamente en verano, en un sencillo reino de recuerdos.
Fuente: https://tuoitre.vn/mien-ky-uc-ngay-he-20260524105008511.htm











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