Un campo de recuerdos de la infancia. Foto ilustrativa: D.KC
De niños, los arrozales no eran solo el lugar donde nuestros padres trabajaban bajo el sol y la lluvia, sino un vasto universo, un mundo maravilloso que se desplegaba ante nosotros. Allí, descalzos y cubiertos de barro, podíamos jugar libremente, nuestras risas resonando como campanas en la inmensidad del paisaje. Dejábamos volar nuestras almas con las cometas que surcaban el viento sobre los arrozales, persiguiendo con entusiasmo saltamontes y grillos traviesos. A veces, simplemente nos tumbábamos en la exuberante hierba verde, contemplando las esponjosas nubes blancas que pasaban flotando, creando innumerables formas fantásticas con nuestra inocente imaginación.
Las risas inocentes, los juegos de los niños, los pequeños pasos que se perseguían en el terraplén... todo quedó grabado en mi alma como una película a cámara lenta, para no desvanecerse jamás. Los apacibles arrozales nos enseñaron a apreciar cada grano puro, a valorar el sudor derramado en el campo y, sobre todo, a sentir una conexión profunda e inseparable con la naturaleza y la tierra que nos nutrió.
Ahora, la vida me ha alejado mucho de aquellos campos tan queridos, pero cada vez que, inesperadamente, veo arrozales verdes en fotografías o vastos campos a lo largo del camino, una profunda nostalgia me invade. No es solo una nostalgia por un paisaje apacible y hermoso, sino también por los días inocentes y despreocupados de mi infancia, por los amigos sinceros y los tiernos recuerdos que nutrieron y moldearon mi alma mientras crecía.
Los campos y mi infancia siempre serán parte inseparable de mi corazón. Son la dulce melodía del campo, que resuena suavemente cada vez que cierro los ojos, cada vez que recuerdo mi tierra natal, los días de paz que pasaron. Oh, campos, mi infancia... siempre viva en mi memoria.
Huaxia
Fuente: https://baocamau.vn/canh-dong-oi-tuoi-tho-toi--a99302.html











