
Cada profesión tiene un uniforme que facilita su identificación. Sin embargo, el periodismo es una excepción interesante, aunque resulte un poco incómodo mencionarlo: si ves a alguien con zapatos de vestir blandos y manchados de barro, una camisa ligeramente arrugada, una mochila descolorida, cabello grasiento, ojos que miran a todas partes y que pregunta sobre todo lo que encuentra, entonces sin duda es periodista.
Es una broma (pero es cierto), el tema que queremos abordar es: ¿cuál es la verdadera "hermosa vestimenta" de un periodista? ¿Cuál es la "hermosa vestimenta" que todo periodista debe construir para sí mismo? ¿Cómo se puede vivir, trabajar, interactuar, comportarse y tomar decisiones sin caer en lo vulgar o de mal gusto, sino en lo refinado?
En realidad, en el imaginario popular, los periodistas suelen asociarse con una imagen de elegancia, pulcritud y precisión. Sin embargo, en la vida real, es fácil encontrarlos en un estado completamente distinto: una camisa arrugada tras horas de viaje, zapatos cubiertos de polvo, el pelo despeinado después de un día de trabajo en exteriores o una comida apresurada durante el transcurso de una cobertura periodística.
El periodismo no es una profesión para el ocio. Es un trabajo de viajes inesperados, noches en vela persiguiendo noticias, llamadas telefónicas a medianoche y estar en lugares que mucha gente intenta abandonar.
Los periodistas de investigación deben seguir con perseverancia las pistas que otros ocultan deliberadamente. Los reporteros sociales pueden soportar la lluvia en zonas inundadas, pasar la noche en vela en hospitales o sentarse en silencio durante horas junto a una persona que sufre una gran pérdida. Si se observa el periodismo desde estas perspectivas, es difícil asociarlo con la palabra "glamoroso".
Pero es precisamente en este punto donde surge una pregunta que invita a la reflexión: ¿por qué muchos periodistas prominentes, en la memoria colectiva, siempre aparecen con un porte especial, una elegancia singular, a pesar de que sus carreras han estado marcadas por innumerables dificultades? ¿Será que no comprendemos el verdadero significado de la elegancia?
En el periodismo, el prestigio se mide con un marco de referencia completamente diferente. Se trata de la capacidad de mantener la calma en medio de la confusión. Se trata de la precisión del lenguaje al abordar temas potencialmente polémicos. Se trata del respeto que se muestra hacia los entrevistados, sean famosos o anónimos. Y, sobre todo, se trata de la capacidad de mantenerse fiel a la verdad en un mundo donde, a veces, la verdad no es la opción más fácil.
Quizás nadie ejemplifica esto mejor que Walter Cronkite, a quien alguna vez se le llamó "el hombre más confiable de Estados Unidos". Sorprendentemente, Cronkite nunca construyó su imagen sobre la ostentación. No era conocido por declaraciones impactantes ni por exhibiciones públicas extravagantes. Lo que le granjeó la confianza de millones de estadounidenses fue su compostura casi absoluta y su respeto por la verdad.
Al informar sobre el asesinato del presidente John F. Kennedy en 1963, Cronkite se convirtió en el rostro al que todo Estados Unidos recurrió durante aquellos tiempos turbulentos. La imagen de él quitándose discretamente las gafas, mirando su reloj y luego anunciando la triste noticia con una voz meticulosamente controlada, hasta el último suspiro, sigue siendo uno de los momentos clásicos de la historia del periodismo mundial. En ese instante, no se veía a un presentador de noticias leyendo las noticias. Se veía la actitud de un periodista que comprendía su responsabilidad para con millones de personas.
Al observarlos, vemos la "hermosa prenda" formada en su estilo de trabajo y en los resultados de su trabajo.
Hoy, con la inteligencia artificial capaz de redactar noticias, sintetizar datos y generar contenido a velocidades sin precedentes, la historia del antiguo lujo del periodismo se vuelve aún más inquietante. Lo que mantiene el valor del periodismo profesional ya no es la velocidad de transmisión de la información.
Las máquinas pueden ser más rápidas que los humanos. Los algoritmos pueden procesar datos mejor que los humanos. Pero la tecnología aún no puede reemplazar el juicio ético, la compasión y la responsabilidad social de un verdadero periodista. En un mundo saturado de información, lo que el público más necesita quizás no sea más información, sino personas confiables que puedan ayudarles a discernir la verdad.
Con motivo del Día de la Prensa Revolucionaria de Vietnam, el 21 de junio, quizás sea un buen momento para que quienes ejercen el periodismo reflexionen sobre la verdadera esencia de su profesión. El tiempo puede desteñir la ropa. La tecnología puede cambiar la forma de ejercer el periodismo. Pero esa esencia, si se conserva con esmero, se convertirá en aquello que define la verdadera elegancia de un periodista.
Y quizás, fue el uniforme ceremonial más hermoso que la profesión periodística jamás había visto.
Fuente: https://baodanang.vn/chiec-ao-that-su-cua-nha-bao-3341215.html






