
Exdirectores del Departamento de Seguridad Alimentaria, Nguyen Thanh Phong y Tran Viet Nga - Foto: Archivo
El caso que involucra a dos ex directivos del Departamento de Seguridad Alimentaria ( Ministerio de Salud ) expone una verdad inquietante: las firmas oficiales se han convertido en mercancías, con precios claros y funcionando sin problemas como un "proceso secreto" que ha existido durante muchos años.
Cuando la firma de un jefe de departamento cuesta "al menos 2 millones de dongs", ya no es sólo una historia de corrupción personal, sino un signo de una enfermedad sistémica.
En la administración estatal, una firma no es simplemente la última pincelada de tinta en un documento. Es una garantía legal, una confianza social depositada en una persona que representa el poder público para cumplir con las responsabilidades del Estado ante la sociedad y sus ciudadanos.
Cuando esa firma se retrasa intencionalmente, se rechaza por razones vagas o se retiene más allá de la fecha límite para extorsionar a las empresas, la firma deja de ser una herramienta de servicio público y se convierte en una herramienta para obtener ganancias personales.
Lo que es aún más preocupante es que este no fue un incidente aislado. La investigación concluyó que existía un sistema bien organizado de reparto de beneficios, que abarcaba desde jefes de departamento, subdirectores y gestores de casos hasta proveedores de servicios externos.
Cada etapa “conoce su parte”, cada documento representa un flujo de ingresos y cada firma representa un precio unitario.
De 2 a 8 millones de VND por solicitud de publicidad de alimentos, y un total de más de diez billones de VND recaudados a lo largo de muchos años. Esto no es "corrupción menor", sino corrupción organizada, profundamente arraigada en el proceso administrativo.
Lo que indigna a la sociedad no es solo la cantidad de dinero involucrada, sino las consecuencias de largo alcance. La seguridad alimentaria está directamente relacionada con la salud pública.
Cada certificado de aprobación de contenido publicitario emitido de forma opaca, cada solicitud procesada con dinero, conlleva el riesgo de que productos de baja calidad sigan llegando a los consumidores. Cuando el beneficio personal se infiltra en el punto de control final, el riesgo recae sobre la salud de las propias personas.
El incidente también ilustra un círculo vicioso común: las solicitudes se ven obstaculizadas y las empresas se ven obligadas a "comprender la ley mediante sobornos". Muchas justifican sus acciones diciendo que "dieron dinero para que se hicieran las cosas", que "todo el mundo lo hace" o que "si no das dinero, la solicitud simplemente se queda ahí".
Y es este compromiso el que fomenta un mercado clandestino de poder, donde la ley se distorsiona con fines nefastos. Si las firmas oficiales pueden ser valoradas, el Estado de derecho se ve erosionado.
El Estado se rige por la ley, no por favores personales. Una administración sana debe dejar claro a empresas y ciudadanos: las solicitudes correctas se procesarán a tiempo, las incorrectas se devolverán con motivos específicos, sin necesidad de "contactos" ni "agradecimientos". Cuando los ciudadanos se ven obligados a buscar rutas alternativas, significa que la vía principal ha sido bloqueada.
Este caso, por lo tanto, constituye una prueba crucial de la determinación de combatir la corrupción en el sector de la gestión especializada. El procesamiento y la investigación de numerosos funcionarios, incluidos altos dirigentes, demuestran que no existen "zonas prohibidas".
Pero la persecución penal solo aborda el síntoma. La raíz del problema reside en la reforma institucional: estandarizar los procesos, aumentar la transparencia en los criterios de evaluación, digitalizar exhaustivamente, reducir la discrecionalidad y, lo más importante, exigir responsabilidades a las personas por cada firma.
La firma del director, o de cualquier funcionario, no debe ser un acto privilegiado ni interesado. Debe conservar su lugar: un acto jurídico imparcial, sujeto a supervisión y, en última instancia, responsable.
Cuando una firma representa verdaderamente la autoridad pública, las empresas no necesitan agradecer a nadie, los ciudadanos no tienen que preocuparse y la confianza social tiene la oportunidad de restaurarse. Una firma pública no debería tener valor monetario; su valor reside únicamente en su validez legal y en el bien común.
Fuente: https://tuoitre.vn/chu-ky-cua-cuc-truong-20251224075449833.htm







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