En un nivel más profundo, se trata de una elección cultural: una elección para vivir en armonía con la naturaleza, para consumir de forma responsable, para desarrollarse sin sacrificar el medio ambiente y para situar el bienestar humano en el centro de todas las decisiones políticas.
Algunas mañanas, al caminar por una calle de Hanói después de un chaparrón, al ver los árboles desprendiéndose de sus hojas, la calle más limpia y el cielo más despejado, uno se da cuenta de repente de que la paz de una ciudad no proviene solo de los rascacielos o las avenidas anchas. Proviene de la vegetación conservada, del río que no ha sido olvidado, de un parque lo suficientemente grande para que jueguen los niños, del hábito de no tirar basura, de alguien que recoge discretamente una bolsa de plástico junto al lago, de una familia que empieza a separar sus residuos en su pequeña cocina.
Estas cosas pueden parecer insignificantes, pero constituyen la base de un movimiento importante: un cambio del desarrollo mediante la explotación al desarrollo mediante la conservación; del crecimiento basado en el consumo derrochador al crecimiento basado en la responsabilidad; y de considerar el medio ambiente como un aspecto secundario de la economía a considerarlo una condición vital para la supervivencia humana.
En el artículo "Por una civilización ecológica, un Vietnam verde y un océano pacífico y sostenible", el Secretario General y Presidente To Lam hizo hincapié en la necesidad de construir una sociedad que sepa prosperar dentro de los límites ecológicos, considerando la naturaleza como una condición para la existencia, un activo nacional y un legado para las generaciones futuras; el artículo también relaciona un medio ambiente seguro y un océano pacífico y sostenible con el desarrollo, la seguridad, la equidad, la ética y la longevidad nacional.
Esa es una perspectiva muy acertada. Porque si consideramos el desarrollo verde únicamente como un conjunto de estándares técnicos, podemos emitir muchas regulaciones, crear muchos programas y organizar muchos movimientos, pero no necesariamente lograremos un cambio sostenible. La transformación verde solo cobra vida de verdad cuando se convierte en una cultura, una forma de pensar y vivir para la sociedad.

La cultura verde comienza con una pregunta sencilla: ¿Qué queremos dejar a nuestros hijos y nietos? Un país puede enriquecerse materialmente, pero empobrecerse en términos de ríos, bosques, aire, playas y espacios habitables. ¿Es esa riqueza realmente completa? Una ciudad puede modernizarse en infraestructura, pero si los niños carecen de parques infantiles, los ancianos de sombra y la gente tiene que vivir entre la contaminación, el ruido y los residuos, ¿es esa modernidad verdaderamente humana?
Por lo tanto, el desarrollo verde no implica frenar las aspiraciones de progreso de la nación. Al contrario, es una forma de impulsar esas aspiraciones hacia adelante, con mayor solidez y belleza. Una nación que entra en una nueva era no puede competir únicamente por su tasa de crecimiento, sino también por su calidad de vida, su capacidad para proteger el medio ambiente y su valentía para elegir un camino de desarrollo responsable. En el mundo actual, una nación civilizada no es solo una nación rica, sino una que sabe cómo controlarse ante la naturaleza, cómo utilizar la ciencia para proteger la vida y cómo situar a las personas y el futuro en el centro de cada decisión.
La cultura vietnamita se ha basado tradicionalmente en la armonía con la naturaleza. Los pueblos vietnamitas se asientan junto a ríos, campos, muelles y bambúes. Los vietnamitas viven en armonía con las estaciones, la lluvia, el sol, el agua, los bosques, las montañas y el mar. En la vida popular, la naturaleza no es solo un recurso, sino también un recuerdo, un espacio espiritual, un lugar donde se aprende humildad y gratitud. Partiendo de esta tradición, el desarrollo verde actual no es algo extraño ni un concepto importado. Es una continuación moderna de la filosofía de vivir en armonía, con moderación, preservación y visión de futuro.
Pero la tradición solo cobra fuerza cuando se revitaliza con nuevas acciones. No podemos expresar nuestro amor por la naturaleza con palabras mientras seguimos contaminando los ríos. No podemos presumir de nuestras islas y mares mientras permitimos que los residuos plásticos lleguen al océano. No podemos hablar de ciudades civilizadas mientras talamos árboles arbitrariamente, invadimos espacios públicos y construimos sin respeto por el paisaje ni la memoria histórica. No podemos hablar de desarrollo sostenible si las empresas siguen considerando los costes ambientales como gastos evitables, y si las localidades siguen priorizando la atracción de inversiones a cualquier precio por encima de la calidad de vida de sus ciudadanos.
El "Movimiento Nacional por un Vietnam Verde, Limpio y Hermoso" se lanzó con criterios específicos como minimizar los residuos, separarlos en origen, limitar los plásticos de un solo uso, desarrollar espacios verdes, crear paisajes limpios y hermosos, aplicar tecnologías limpias y cumplir con las regulaciones de protección ambiental. Lo que hace que este movimiento sea significativo no son solo sus grandes lemas, sino el hecho de que acerca los objetivos verdes a la vida cotidiana. Cuando una zona residencial instala más contenedores de separación de residuos, cuando una escuela enseña a los estudiantes a llevar sus propias botellas de agua, cuando un mercado local reduce el uso de bolsas de plástico, cuando una agencia planta más árboles y ahorra electricidad, cuando una playa es limpiada por la comunidad, el desarrollo verde ya no es un tema lejano para conferencias internacionales. Se ha convertido en una historia de cada calle, cada callejón, cada casa.
De esto se desprende que la construcción de una cultura verde no puede dejarse en manos de un solo sector. Debe ser responsabilidad de todo el sistema político y la sociedad. El Estado crea instituciones, promulga políticas, supervisa su implementación y castiga severamente los actos que dañan el medio ambiente. Las empresas innovan tecnológicamente, garantizan la transparencia en la responsabilidad y transitan de una mentalidad de "producir y luego desechar" a una de "diseñar para evitar daños desde el principio". Las escuelas educan a los niños sobre el amor por la naturaleza mediante experiencias concretas, no solo mediante la memorización mecánica. La prensa, los artistas y las figuras influyentes difunden un estilo de vida verde a través de historias bellas, cercanas y persuasivas. Las familias cultivan un estilo de vida frugal, limpio y responsable. Cada ciudadano se convierte en un participante activo de la cultura verde.
Es fundamental convertir las conductas ecológicas en normas sociales. Hubo un tiempo en que usar casco era un hábito novedoso, luego una normativa y, finalmente, una forma de vida. Una cultura verde también requiere un proceso similar. Separar los residuos en origen, limitar los plásticos de un solo uso, ahorrar electricidad y agua, utilizar transporte ecológico, preservar los espacios públicos, proteger los árboles, no contaminar ríos y lagos, evitar el consumo derrochador… al principio, estas acciones podrían ser campañas, luego normativas, pero, en última instancia, deben convertirse en voluntarias. Cuando las personas hacen lo correcto no por miedo al castigo, sino porque lo ven como un acto de bondad, entonces la cultura se ha consolidado de verdad.
El desarrollo verde también debe estar vinculado a la equidad. No se puede pedir a la gente que cambie si no se les brindan las condiciones necesarias para hacerlo. No se puede incentivar a las pequeñas empresas a adoptar la transformación verde si carecen de capital, tecnología, información y mercados. No se pueden proteger los bosques, los mares y los ríos sin velar por el sustento de las comunidades que dependen de ellos. Una transformación verde humana no debe dejar a nadie atrás. Los pobres, los trabajadores de las industrias afectadas, las comunidades costeras, las mujeres, los niños y los grupos vulnerables deben ser considerados en cada política. Lo verde sin equidad no puede ser sostenible. Lo verde sin humanidad no puede ser una cultura.
En un nivel más profundo, el desarrollo verde es el punto de encuentro entre la cultura y el futuro. Cada árbol plantado hoy puede brindar sombra durante muchos años. Cada río revitalizado puede devolver la memoria y la vitalidad a toda una región. Cada hábito frugal de una familia puede contribuir a la responsabilidad de una comunidad. Cada decisión de evitar las bolsas de plástico, la basura y el consumo derrochador puede parecer insignificante, pero millones de pequeñas decisiones generarán un gran cambio.
El país está entrando en una nueva fase de desarrollo con una fuerte aspiración de progreso. Necesitamos un alto crecimiento, una industria moderna, ciudades inteligentes, una infraestructura extensa y nuevas capacidades competitivas. Pero cuanto más rápido avancemos, más debemos mantener el equilibrio. Cuanto más avancemos, más debemos preservar nuestras raíces. Esas raíces son nuestra gente, nuestra cultura, nuestra naturaleza, nuestro entorno vital y la armonía entre el desarrollo y la preservación.
Cuando el desarrollo verde se convierta en una opción cultural, dejaremos de considerar la protección del medio ambiente como una preocupación secundaria y la veremos como el punto de partida de un modelo de desarrollo civilizado. Cuando la cultura impregne la economía, el crecimiento será ético. Cuando la cultura impregne la gobernanza, las políticas serán responsables. Cuando la cultura impregne la vida cotidiana, cada ciudadano se convertirá en protector del futuro.
Y cuando un niño crezca en una ciudad con más zonas verdes, un pueblo con menos basura, una playa más limpia, un río más cristalino, comprenderá que el amor por la patria no reside solo en palabras sagradas, sino también en cómo preservamos cada pedazo de tierra, agua y cielo de esta nación.
Un Vietnam verde no será solo una imagen de zonas industriales limpias, campos de energías renovables, ciudades inteligentes o compromisos internacionales. Un Vietnam verde debe ser, ante todo, un Vietnam de personas que sepan vivir en armonía con la naturaleza, que sepan prosperar sin dañar el medio ambiente, que sepan modernizarse sin perder el equilibrio, que sepan desarrollarse preservando la exuberancia de los bosques, la pureza de los ríos, la tranquilidad del mar y la felicidad de su gente.
Fuente: https://vietnamnet.vn/khi-phat-trien-xanh-tro-thanh-mot-lua-chon-van-hoa-2523829.html








