Pero lo que les esperaba tras aquel acto de rebeldía no era la admiración de sus amigos, sino esposas y una condena penal. El caso de los tres menores de 18 años acusados recientemente de "perturbar el orden público" ha puesto de manifiesto la desgarradora realidad de la delgada línea que separa la impulsividad de las consecuencias legales.
La adolescencia es un periodo de importantes cambios psicológicos y fisiológicos, marcado por un fuerte deseo de autoafirmación. Desafortunadamente, muchos jóvenes descuidan la disciplina y prefieren usar la fuerza del grupo como medida de su estatus. La historia de Nguyen Van A. (17 años, residente en Ciudad Ho Chi Minh) es un claro ejemplo. Tras unos comentarios provocadores en internet, A. y su grupo de amigos quedaron en verse, armados con armas caseras, acelerando sus motores ruidosamente y gritando por las calles para "dar una lección" a sus rivales. Aunque no hubo derramamiento de sangre esa noche, su comportamiento disruptivo causó pánico en el barrio.
De pie ante el estrado de los testigos, A. rompió a llorar, sollozando: «Solo quería asustar al otro grupo, no pensé que el incidente fuera lo suficientemente grave como para justificar una pena de prisión». El sueño de A. de ir a la universidad se hizo añicos, reemplazado por una mancha en su expediente. El remordimiento de A. refleja las percepciones erróneas de muchos jóvenes. Se juntan fácilmente y siguen ciegamente a otros con la ingenua idea de: «Solo fue un susto, no apuñalé a nadie, ¿por qué tener miedo?». Muchos se engañan a sí mismos con un «pase» invisible: «Todavía no tengo 18 años, la ley será indulgente, como mucho solo recibiré una multa administrativa». Esta falta de conocimiento legal los ha empujado a cruzar la línea roja.
La ley contempla una política de indulgencia y educación para menores, pero la humanidad no implica tolerancia. Cuando la conducta imprudente amenaza la seguridad pública y genera inseguridad en la comunidad, las fuerzas del orden deben actuar con firmeza. En un contexto más amplio, los errores de estos niños no son únicamente culpa suya. Detrás de estas sentencias se esconde una ruptura en el vínculo educativo entre las escuelas, las familias y la sociedad. La gestión negligente, que deja todo en manos de la escuela, y la mentalidad parental de "mi hijo se porta muy bien en casa" han provocado que muchos niños pierdan oportunidades de recibir orientación oportuna.
El precio de cruzar la línea es demasiado alto. Los jóvenes tienen derecho a cometer errores para crecer, pero algunos errores no se pueden compensar con una disculpa. La diferencia entre la impulsividad y el delito radica simplemente en un momento de pérdida de control. Para evitar que su juventud se desperdicie tras las rejas, es fundamental que las familias y las escuelas definan claramente esa línea antes de que la ley se vea obligada a imponer penas severas.
Fuente: https://nld.com.vn/lan-ranh-tu-boc-dong-den-lao-ly-19626061319131705.htm







