Cada verano, cuando los árboles de fuego comienzan a florecer con sus vibrantes flores rojas en las calles, una época pasada vuelve a mi mente. Recuerdo el patio del instituto con sus ventanas pintadas de un azul descolorido, las tardes después de clase, el canto de las cigarras bajo los árboles y la imagen de mi profesora junto a la pizarra, impartiendo con dedicación sus clases a los alumnos que se graduaban. Una sola temporada de flores de árbol de fuego basta para que todo vuelva a mi mente, vívido y claro, como si hubiera sucedido ayer.
Cuando cursaba el penúltimo año de secundaria, una nueva profesora de matemáticas se trasladó a nuestra escuela. Venía de una escuela pública para impartir clases en la escuela provincial especializada, justo en un momento en que nuestra clase atravesaba el período más inestable debido a los frecuentes cambios de profesor. Para nosotros, los estudiantes de lenguas extranjeras, las matemáticas siempre fueron un temor silencioso.
Llegó a clase con una energía totalmente diferente. Era alta, tenía el pelo corto, una voz clara y siempre rebosaba entusiasmo. Lo que nos hacía apreciarla no era solo que fuera una buena profesora, sino que hacía que las matemáticas fueran mucho menos áridas. Las fórmulas y los teoremas, que solían ser rígidos, se volvían sorprendentemente accesibles y fáciles de entender gracias a sus clases. Todavía recuerdo aquellas clases de última hora de la tarde. Afuera, las demás clases ya se habían marchado hacía rato. El pasillo estaba en silencio, con los últimos pasos desvaneciéndose. Los últimos rayos de sol entraban por las ventanas, proyectando largas estelas doradas sobre los pupitres. Sin embargo, en mi aula, ella seguía dando clase con pasión. En la pizarra, líneas de tiza blanca se conectaban en una compleja lección de geometría espacial. Abajo, cuarenta alumnos permanecían sentados en silencio, escuchando atentamente cada palabra que decía.

Ese día, me eligió para participar en la competencia provincial de matemáticas para estudiantes superdotados. Para un estudiante de una clase especializada de idiomas extranjeros, eso parecía un poco arriesgado. Simplemente lo veía como una prueba de mis habilidades. Pero ella no lo veía así; me dijo: "Si vas a hacerlo, hazlo bien". Durante casi un mes, todas las tardes iba en bicicleta a su casa para recibir clases particulares. Trabajábamos diligentemente resolviendo problemas, y ella corregía cada problema matemático difícil.
Ese año, gané el segundo premio en el concurso provincial. Cuando se anunciaron los resultados, la persona más feliz no fui yo, sino ella. Su voz al teléfono aquel día aún reflejaba la misma emoción. Quizás la mayor felicidad para un profesor sea ver a sus alumnos crecer y madurar.
El tiempo vuela. Parece que fue ayer cuando éramos estudiantes, y ahora cada uno tiene su propia familia. En la reunión de exalumnos de nuestro vigésimo aniversario, nos reencontramos con nuestra maestra. Entre la multitud, la reconocí casi al instante. La única diferencia era que tenía más canas que antes. Incluso después de tanto tiempo, seguía tomándonos de la mano y preguntándonos cómo nos había ido el día con la misma amabilidad de siempre. En ese momento, sentí que el vínculo entre maestro y alumno es verdaderamente sagrado y perdurable. No importa cuánto tiempo pase, no importa cuánto crezcan los estudiantes y se enfrenten a los desafíos de la vida, cuando están frente a sus antiguos maestros, naturalmente vuelven a ser pequeños estudiantes, dirigiéndose a ellos con el mismo respeto de entonces.
Cada temporada en que florecen los árboles flamboyantes es una temporada de despedidas. Generaciones de estudiantes abandonan la escuela, dejando atrás el cariño de sus maestros para ingresar a la universidad y luego aventurarse en el vasto mundo de la vida.
Pero no importa lo lejos que uno viaje, cada vez que regresa a su antigua escuela, siente que vuelve a casa. ¿Y qué podría ser más reconfortante que saber que en ese hogar, los maestros de años anteriores aún esperan en silencio el regreso de sus alumnos?
Fuente: https://www.sggp.org.vn/moi-mua-phuong-no-post857312.html









