Con la llegada del otoño, es como si alguien llamara a mi puerta, despertando un anhelo sin nombre. Quizás sea la añoranza de alguien que ya no está, o quizás simplemente un recuerdo de ayer: inocente, despreocupado, sin haber conocido jamás las emociones que siento ahora.

Foto de la ilustración: tuoitre.vn

Aún recuerdo vívidamente aquellos días de otoño, cuando tenía quince años, con mi uniforme escolar blanco. El patio estaba cubierto de vibrantes hojas rojas del árbol Terminalia catappa, y cada paso crujía como las páginas de un diario pasadas a toda prisa. Mi mejor amiga y yo solíamos sentarnos en los escalones, comiendo a escondidas guayabas crujientes y fragantes, riéndonos hasta que nos olvidábamos del timbre del colegio. En aquel entonces, no sabía que unos años después, bajo ese mismo árbol, me sentaría en silencio, albergando una vaga tristeza al ver el cambio de escuela de mi mejor amiga. El otoño, de repente, dejó de ser una época de días despreocupados para convertirse en el color de un recuerdo que me reconforta cada vez que pienso en él.

Una tarde de mi último año de instituto, recorrí mi vieja bicicleta por una calle bordeada de fragantes flores de osmanto. El viento mecía mi vestido largo y me despeinaba, pero mi corazón latía con fuerza. Esa fue la primera vez que me di cuenta de que alguien me observaba en silencio. La sensación era vaga y melancólica, e incluso ahora, cada vez que paso por esa calle en otoño, siento una punzada en el corazón, igual que aquella colegiala que una vez fui. Algunos romances adolescentes no necesitan nombre; simplemente guardarlos en el corazón como una melodía inacabada es lo suficientemente hermoso.

Hay días de otoño extrañamente hermosos, con la luz del sol dorada como la miel y la delicadeza de la niebla matutina. Mi madre suele llamarlos "días soleados y brumosos". Suelo caminar esas mañanas, sintiendo una sensación de alivio, como si me hubiera liberado de preocupaciones. En esos días soleados y brumosos, todo parece calmarse, permitiéndome oír con claridad el sonido de las hojas al caer, oler la brisa fresca y sentir mi juventud retorciéndose suavemente con cada paso. En esos días de otoño, simplemente sentarse en silencio hace que la vida parezca tan hermosa y memorable.

Quizás más adelante, después de vivir muchas otras temporadas de viento, sonreiré al recordarlas, como una hoja dorada que cae lentamente por el aire, sin necesidad de saber cuándo tocará el suelo, el momento de caer solo es suficiente para embellecer el cielo.

Y entonces todos necesitamos un otoño para recordar, para atesorar. Un otoño de quince, de un primer amor tranquilo, de la tristeza de separarse de los amigos, de sueños juveniles incumplidos. Y mis veinte también tuvieron un otoño así. Quién sabe, un día, en medio del ajetreo de la vida, podría reencontrarme conmigo mismo en la dulce mirada de un otoño pasado, oyendo a mi corazón murmurar un susurro familiar: "¡Ah, así que una vez tuve un otoño tan hermoso!..."

    Fuente: https://www.qdnd.vn/van-hoa/van-hoc-nghe-thuat/ngay-nang-uom-suong-1011012