Esta es una señal positiva de una sociedad que no es indiferente a la educación . Sin embargo, también plantea una pregunta crucial: ¿deberíamos usar la crítica constructiva para avanzar, para estancarnos o incluso para retroceder?
En la sociedad moderna, el pensamiento crítico es necesario y justificado. Esto es aún más crucial en la educación, ya que es una prioridad nacional fundamental que impacta directamente a millones de familias y la competitividad del país. Toda decisión equivocada en educación tiene enormes consecuencias. Por lo tanto, la sociedad tiene derecho a monitorear, cuestionar e incluso oponerse a las políticas. Un sistema educativo carente de pensamiento crítico tiende a la complacencia, el aislamiento y la repetición de prácticas obsoletas.
Sin embargo, la crítica constructiva solo es verdaderamente valiosa cuando se basa en razonamiento científico , evidencia creíble y busca la mejora. Muchos debates educativos actuales derivan rápidamente hacia una actitud escéptica hacia la innovación, atribuyendo motivos, generalizando e incluso rechazando cualquier esfuerzo de reforma simplemente por ciertos errores. Cualquier cambio genera ansiedad, cualquier programa piloto, temor al riesgo, y cualquier obstáculo, exigencia de detenerlo. Desde esta perspectiva, la reforma educativa se convierte en algo que debe evitarse en lugar de una necesidad esencial para el desarrollo.
Este enfoque implícitamente impone exigencias imposibles: las reformas deben ser correctas desde el principio, no se permiten errores ni interrupciones... Sin embargo, la educación es un campo complejo, entrelazado con las personas, la cultura y el comportamiento social. Ninguna reforma educativa en el mundo ha tenido éxito sin pruebas, ajustes y debates.
Cabe destacar que, en muchos debates, rara vez se menciona el costo de no innovar. Un currículo, métodos de enseñanza y un sistema de evaluación obsoletos que priorizan la memorización pueden generar una sensación de "estabilidad", pero reducen la adaptabilidad de los estudiantes. En un mundo que experimenta cambios rápidos sin precedentes, desde la tecnología y la inteligencia artificial hasta el mercado laboral, un sistema educativo rezagado en innovación producirá generaciones incapaces de afrontar el futuro.
Estar abierto a la innovación educativa no es, por lo tanto, una actitud complaciente, sino una decisión estratégica. La apertura no significa aceptarlo todo ni ignorar los errores, sino reconocer que la innovación es un proceso de ensayo y error, ajuste y aprendizaje. La apertura implica distinguir claramente entre las fallas en el diseño de políticas y las fallas en la implementación, entre los objetivos de la reforma y los métodos específicos de implementación. Una política puede ser correcta en su dirección, pero tener fallas en su ejecución, y esto debe corregirse, no rechazarse desde el principio.
Por el contrario, la reforma educativa no puede disociarse de la rendición de cuentas. A medida que la sociedad se vuelve más abierta, los administradores deben ser aún más transparentes.
En realidad, la crítica constructiva solo mejora realmente cuando la sociedad acepta que la innovación es necesaria. En ese momento, la crítica va más allá de la cuestión de "¿deberíamos hacerlo o no?", y se centra en "¿cómo hacerlo mejor?". El debate se basa más en datos, en comparaciones internacionales y análisis de costo-beneficio, en lugar de estar impulsado por emociones o inquietudes vagas. Dicha crítica no obstaculiza la reforma, sino que la ayuda a mantenerse en el buen camino y a ser más sostenible.
La educación requiere paciencia y diálogo. La innovación exige un enfoque equilibrado: atreverse a cambiar, pero no de forma imprudente; atreverse a criticar, pero sin negar ni distorsionar la verdad en extremo. Solo cuando la crítica y la innovación van de la mano, la educación puede progresar verdaderamente.
Fuente: https://thanhnien.vn/phan-bien-la-de-di-toi-185260108230219787.htm






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