Desde el mensaje del Secretario General y Presidente To Lam sobre la lucha contra el despilfarro hasta la petición del Primer Ministro Le Minh Hung sobre el ahorro en gastos corrientes, se puede apreciar un espíritu coherente: si queremos que el país prospere, primero debemos valorar cada centavo del presupuesto, cada hora de trabajo y cada oportunidad de desarrollo para la gente y las empresas.
Durante muchos años, al hablar de ahorrar dinero, solíamos pensar en reducir gastos, limitar compras, recortar la asistencia a conferencias y seminarios, y evitar la ostentación y la formalidad. Si bien esto es cierto, no es suficiente. En una nación que entra en una nueva era de desarrollo, el ahorro debe entenderse de forma más amplia: es una norma cultural, un método de gestión y un recurso intangible para el desarrollo.
Ahorrar no se trata solo de gastar menos, sino de usar los recursos de manera más eficaz. No se trata solo de recortar gastos innecesarios, sino de liberar recursos para lo verdaderamente esencial. No se trata solo de preservar el presupuesto, sino también de proteger el tiempo de las personas, los costos de las empresas, la confianza pública y las oportunidades de la nación.
Desde esa perspectiva, la abolición de las condiciones comerciales del artículo 890 tiene una importancia que va más allá de una simple decisión administrativa. Representa un cambio en la concepción de la gobernanza: el Estado no solo establece regulaciones, sino que también revisa y elimina con determinación las barreras obsoletas; no solo exige un progreso social más rápido, sino que también optimiza su propio sistema, haciéndolo más eficiente y al servicio del público.

Según la información publicada, ocho resoluciones gubernamentales han modificado y complementado exhaustivamente 163 documentos legales, incluyendo dos resoluciones gubernamentales, 155 decretos y seis decisiones del Primer Ministro ; además de la abolición, descentralización y simplificación de cientos de trámites administrativos. Detrás de estas cifras se esconden millones de horas de espera que podrían reducirse, numerosos costos de cumplimiento que podrían disminuirse y mayor espacio para la inversión, las nuevas empresas y las ideas innovadoras que puedan surgir y desarrollarse.
El despilfarro en el desarrollo no se limita al dinero. Existe una forma de despilfarro más sutil y menos visible, pero que representa un gran obstáculo: el despilfarro de tiempo social. Un trámite que requiere unos días adicionales, multiplicado por miles de empresas, se convierte en un gasto enorme. Las condiciones empresariales innecesarias pueden ralentizar un proyecto, desalentar a un inversor y provocar la pérdida de oportunidades de mercado. Los procesos administrativos engorrosos pueden cansar a los ciudadanos, agotar a las empresas, distraer a los funcionarios y mantener los recursos sociales ocupados en papeleo en lugar de destinarlos a la producción, la innovación y la creación de empleo.
Por lo tanto, la simplificación de los procedimientos y la eliminación de requisitos empresariales constituyen una forma de combatir el despilfarro a nivel institucional. Si el ahorro en el gasto público permite que el presupuesto disponga de más recursos para la inversión en desarrollo, entonces el ahorro en los procedimientos impulsa la economía , fortalece la confianza de las empresas y facilita la vida de los ciudadanos.
Un Estado que sabe ahorrar dinero no solo sabe reducir el gasto, sino también evitar generar gastos innecesarios para la sociedad. Una administración austera no solo gasta menos, sino que permite a los ciudadanos y a las empresas dedicar menos tiempo a generar más valor.
En su artículo "Combatir el desperdicio", el Secretario General y Presidente To Lam hizo hincapié en la necesidad de construir una cultura de prevención y lucha contra el desperdicio, haciendo que la práctica de ahorrar y combatir el desperdicio sea "consciente", "voluntaria" y se convierta en "necesidades cotidianas como alimentos, agua y ropa".
Esa forma de plantear el problema es muy profunda, porque el ahorro solo cobra vida de verdad cuando deja de ser un movimiento pasajero, deja de ser un eslogan colgado en la pared y se convierte en un hábito de comportamiento, una norma de actuación y una responsabilidad de cada organismo, cada funcionario, cada empresa y cada ciudadano.
Una cultura de frugalidad comienza con la comprensión de que todos los recursos nacionales son valiosos. El presupuesto estatal es fruto del esfuerzo, la confianza y las contribuciones de la ciudadanía. El tiempo de las personas también es un recurso. Las oportunidades de negocio también lo son. La tierra, los bienes públicos, los recursos naturales, el patrimonio, el talento, los datos y el prestigio nacional son todos recursos. Si solo ahorramos dinero desperdiciando tiempo; si solo reducimos las adquisiciones permitiendo que los trámites se prolonguen; si solo recortamos conferencias retrasando proyectos; si solo exigimos combatir el despilfarro sin modificar las regulaciones que generan cuellos de botella, entonces la frugalidad aún no podrá convertirse en una cultura de desarrollo.
Junto con las reformas procedimentales, también se hace hincapié en la necesidad de ahorrar en gastos corrientes. El primer ministro Le Minh Hung solicitó una reducción de al menos el 10 % en los gastos corrientes para 2026, equivalente a aproximadamente 170-180 billones de VND, para destinar más recursos a tareas prioritarias; asimismo, destacó la importancia de ahorrar energía, electricidad y productos derivados del petróleo, con objetivos cuantitativos específicos. Esto no es solo una directriz de gestión presupuestaria, sino también un mensaje sobre disciplina financiera y cultura de servicio público.
Es importante señalar que ahorrar dinero no significa restringir el desarrollo. Ahorrar dinero no se trata de no gastar en absoluto, sino de gastar con más sensatez; no se trata de reducir la inversión, sino de invertir con mayor eficacia; no se trata de hacer que el sistema sea inadecuado para su funcionamiento, sino de eliminar el gasto que no genera valor público. Una reunión más breve que conduce a una decisión supone ahorrar dinero. Un procedimiento digitalizado que evita a los ciudadanos múltiples desplazamientos supone ahorrar dinero. Un proyecto bien preparado, con desembolsos puntuales y resultados eficaces supone ahorrar dinero. Abolir una normativa empresarial obsoleta también supone ahorrar dinero. Una política claramente diseñada, viable y con bajos costes de cumplimiento supone ahorrar dinero.
En el ámbito cultural, este espíritu cobra aún mayor relevancia. Hablamos mucho de desarrollo cultural, de la industria cultural y del poder blando nacional, y es totalmente cierto. Sin embargo, la inversión en cultura debe ir de la mano de una cultura de frugalidad. La frugalidad no consiste en reducir el gasto en cultura ni en empobrecer la vida espiritual de las personas, sino en combatir el despilfarro en el desarrollo cultural: combatir las instituciones que se construyen pero que rara vez se utilizan; combatir los festivales ostentosos y superficiales; combatir los eventos costosos que no dejan un valor duradero; combatir las inversiones dispersas y sin rumbo; combatir el deterioro del patrimonio antes de intentar reparaciones apresuradas; y combatir la falta de un entorno propicio para el florecimiento del talento creativo.
Un museo debe tener público. Un teatro debe estar iluminado. Una biblioteca debe tener lectores. Un centro cultural debe convertirse en un espacio vivo para la comunidad. Cada dólar del presupuesto destinado a la cultura debe transformarse en valores espirituales, identidad, creatividad, orgullo nacional y poder blando. Esa es la verdadera frugalidad: no gastar menos a cualquier precio, sino lograr que cada gasto genere mayor valor para las personas y la sociedad.
En términos generales, la cultura de la frugalidad debe convertirse en un modo de vida para toda la sociedad. En el sector público, esto implica disciplina financiera, reforma de procedimientos, transformación digital, uso eficiente de los recursos públicos y rendición de cuentas por parte de los líderes. En las empresas, significa gestión moderna, optimización de recursos, innovación tecnológica y reducción del desperdicio de materiales, energía y tiempo. En las familias, implica un estilo de vida sencillo, consumo responsable y evitar la ostentación y la formalidad. En las escuelas, significa educar a las nuevas generaciones para que valoren el trabajo, los recursos, el medio ambiente, el conocimiento y cada oportunidad de aprendizaje.
Una nación que aspira al progreso no puede permitir que sus recursos se estanquen en trámites burocráticos. Una economía que busca avances significativos no puede permitir que las empresas pierdan tiempo excesivo debido a regulaciones obsoletas. Un aparato gubernamental que se esfuerza por brindar un mejor servicio no puede permitir que la energía administrativa se malgaste en meras formalidades. Una sociedad que busca el desarrollo sostenible no puede tolerar el despilfarro, ya sea de dinero, tiempo, tierra, talento, patrimonio o confianza.
La abolición de 890 requisitos empresariales, la reducción de cientos de trámites administrativos y la exigencia de ahorrar al menos un 10 % de los gastos corrientes, si se implementan de forma consecuente, no solo generarán recursos materiales, sino también un recurso intangible muy valioso: la confianza. La ciudadanía creerá que el sistema avanza para servir mejor al público. Las empresas creerán que el entorno empresarial se está volviendo más abierto. Los funcionarios creerán que la reforma es una necesidad irreversible. La sociedad creerá que cada céntimo del presupuesto, cada minuto de tiempo, cada oportunidad de desarrollo se valora más.
Por lo tanto, la cultura de la frugalidad no es una cuestión de tacañería, sino de desarrollo intelectual. No se trata de limitar las aspiraciones, sino de crear una base más sólida para ellas. No se trata de reducir la motivación, sino de eliminar los obstáculos. Cuando la frugalidad se convierte en cultura, la lucha contra el despilfarro en disciplina y la reforma institucional en una práctica habitual, el país tendrá mayor fortaleza para avanzar con mayor rapidez, alcance y de forma más sostenible hacia un desarrollo próspero, civilizado y feliz.
Fuente: https://vietnamnet.vn/van-hoa-tiet-kiem-trong-quan-tri-quoc-gia-2512158.html







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