
En la mañana del 30 de Tet (Víspera del Año Nuevo Lunar), el rocío aún cubría las flores de durazno frente al porche. El suave frío del final del invierno era suficiente para hacer temblar ligeramente al abrir la puerta, pero también para sentir el calor que se extendía desde el interior de la casa. El fuego de la cocina había estado encendido desde temprano. Los pasteles de arroz glutinoso habían sido sacados de la olla y colocados cuidadosamente en un rincón de la cocina; el aroma del arroz recién hecho se mezclaba con el familiar olor a humo de leña, evocando una sensación muy propia del Tet, muy familiar.
En la pequeña casa, cada uno tenía sus propias tareas. Los adultos se afanaban en limpiar y preparar el banquete de Año Nuevo. Los niños entraban y salían con entusiasmo, deteniéndose de vez en cuando frente a los durazneros en flor para admirar los delicados capullos rosados que comenzaban a abrirse. Algunos presumían de su ropa nueva, mientras que otros preguntaban con ilusión sobre los regalos de Año Nuevo y sobre ir con sus padres a desearles un feliz año nuevo. Las risas y las charlas animadas llenaban la casa de calidez.
El trigésimo día del Año Nuevo Lunar es un día de reencuentro. Quienes trabajan lejos de casa regresan. Las carreteras que conectan las ciudades con los pueblos están más transitadas de lo habitual, con un flujo constante de vehículos que traen de vuelta a la gente a sus lugares de origen tras un año de duro trabajo. Algunos llegan temprano, otros apenas logran cruzar las puertas de sus casas justo antes de la medianoche, pero en cuanto ven una cara conocida o escuchan la llamada de sus seres queridos, todo el cansancio parece desvanecerse.
La cena de Nochevieja: una comida abundante y reconfortante. En la mesa siempre hay salchicha de cerdo, sopa de brotes de bambú, cebollas encurtidas, y las risas y conversaciones durante esta reunión son verdaderamente cálidas y alegres. Todos se sientan juntos, compartiendo historias del año pasado: sobre negocios, estudios, alegrías y tristezas. Los mayores escuchan, asintiendo lentamente, con los ojos brillantes de paz al saber que sus hijos y nietos están sanos y salvos.

En ese instante, los recuerdos del Tet (Año Nuevo vietnamita) del pasado me invadieron de repente. La vida era difícil entonces. No había muchos dulces ni golosinas durante el Tet, y la ropa nueva escaseaba. La gente esperaba con ansias el Tet durante unos días cada año para disfrutar de una comida con carne y vestirse con ropa decente. Era precisamente en esos tiempos de escasez cuando la reunión familiar se volvía aún más valiosa.
Recuerdo las fiestas del Tet de antaño, cuando el frío intenso de la región montañosa hacía que toda la familia se reuniera alrededor del fuego, esperando a que hirviera la olla de tortas de arroz glutinoso. Los niños dormitaban junto al fuego, mientras los adultos se turnaban para añadir leña y contarse viejas historias. No había electricidad brillante como ahora, solo el parpadeo del fuego y el crepitar de la leña al quemarse. Sin embargo, era extrañamente cálido. Cálido por la familia a mi lado, cálido por la fe en un nuevo año que, a pesar de las dificultades, estaba lleno de esperanza.
En aquel entonces, el Tet (Año Nuevo Lunar) era una ocasión especial para que toda la familia se reuniera. Algunos trabajaban en campos lejanos, otros estaban fuera en proyectos de construcción en otras provincias, y solo esperaban con ilusión los pocos días del Tet para volver a casa. Sentarse juntos a la mesa, escuchar las risas de los niños y ver a sus padres con buena salud: eso era lo que hacía que el Tet fuera completo.
Comparada con el pasado, la vida hoy es muy diferente. Las carreteras son cómodas, los bienes abundan y la comida y la ropa ya no son una preocupación constante. Cuando llega el Tet (Año Nuevo Lunar), todos los hogares tienen abundancia. Sin embargo, el valor esencial del Tet se conserva de generación en generación: la reunión familiar.
Hoy, en el trigésimo día del Año Nuevo Lunar, en un hogar más espacioso, la cocina ya no usa estufas de leña, sino de gas o eléctricas, pero el calor familiar permanece intacto. Los ancianos se sientan en el porche, observando con tranquilidad a sus hijos y nietos prepararse para el Tet, con el corazón en paz al saber que la tradición continúa. Los jóvenes, aunque acostumbrados a la vida moderna, la tecnología y el ajetreo diario, regresan a sus raíces cuando llega el Tet. La reunión de generaciones durante el Tet tiene un valor inmenso.

En medio de la vida moderna, con sus múltiples presiones y preocupaciones, es fácil dejarse atrapar por el torbellino del trabajo, olvidando a veces las cosas sencillas pero perdurables. El Tet nos recuerda que debemos hacer una pausa, regresar con nuestras familias y vivir con más calma y plenitud, rodeados del amor.
Afuera, las calles se vuelven cada vez más bulliciosas. Pero en cada hogar, el trigésimo día del Año Nuevo Lunar aún conserva su propio espacio de tranquilidad, suficiente para que la gente aprecie profundamente el valor del reencuentro. Sin importar cuánto cambie la vida, sin importar cuán lejos se viaje, el Tet sigue siendo un tiempo para regresar a casa, para reconectar los lazos de amor que parecen haberse desvanecido con el tiempo.
La conmovedora sensación del trigésimo día del Año Nuevo Lunar evoca los últimos momentos del año, una mezcla de nostalgia, ilusión y alegría por estar con la familia. En la vida moderna actual, la reunión durante el Tet (Año Nuevo Lunar) se convierte en un valioso ancla espiritual. Es un tiempo en el que las personas encuentran equilibrio y redescubren los valores perdurables que han nutrido sus almas durante generaciones.
Y entonces, mientras el reloj avanzaba lentamente hacia la medianoche, cada persona dio gracias en silencio por el trigésimo día del Año Nuevo Lunar, un día que había reunido suficiente amor, recuerdos y esperanza, para que la primavera llegara en la plenitud de la reunión familiar.
Fuente: https://baosonla.vn/van-hoa-xa-hoi/xao-xuyen-ngay-30-tet-eR77jfvvg.html






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