Para mí, un nuevo cadete en la Escuela de Oficiales del Ejército, que dejaba mi hogar por primera vez y me embarcaba en una vida estrictamente disciplinada, sin haber cocinado nunca ni haber manejado una azada o una pala, la primera sesión de trabajo agrícola fue una experiencia verdaderamente memorable.

Los primeros golpes de la azada fueron vacilantes; la tierra apenas se removía antes de volver a su posición original, dejándome la mano entumecida. Los golpes posteriores fueron mejores, pero los surcos aún no eran rectos. Al mirar a mi lado, vi que mis compañeros ya habían empezado a trabajar. Algunos escardaban, otros desyerbaban, otros hacían surcos y otros sembraban. Cada uno tenía una tarea, trabajando con ritmo y determinación. El sonido de la azada al golpear el suelo era constante y sólido. El sudor me empapaba la camisa, pero nadie flaqueó.

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Al mirar a mis compañeros, me dije a mí mismo que tenía que tener éxito. Ajustando mi postura, manteniéndome firme y distribuyendo mi fuerza uniformemente con ambas manos, cada golpe de la azada era más limpio que el anterior. Mis manos, acostumbradas a sostener un bolígrafo, ahora estaban ampolladas y me ardían, pero no me detuve, porque entendía que: al haberme puesto el uniforme militar, no había lugar para la timidez ni para rendirse.

Cuando sonó el silbato que indicaba el final de la jornada, me quedé mirando el huerto de mi equipo. La tierra estaba suelta, las hileras más rectas y las semillas se asentaban tranquilamente en cada pequeño surco. Era un logro sencillo, pero nos produjo una sensación de alivio a todos. Esa noche, bajo las luces del aula, al ver mis manos rojas, ampolladas y doloridas, ya no sentía lástima, sino orgullo. Eran las marcas del trabajo duro, de los primeros días de adaptación a la vida de soldado.

En las siguientes sesiones de trabajo agrícola, ya no me sentía incómodo. Compartíamos el trabajo pesado y colaborábamos en las tareas difíciles. En el campo, la distancia entre los aprendices de diferentes regiones fue desapareciendo gradualmente. Nos entendíamos mejor con cada golpe de azada, cada gota de sudor, cada breve pero cálida palabra de aliento. El espíritu de equipo se forjó a partir de estas cosas sencillas.

La agricultura nos proporcionó una fuente adicional de alimentos para asegurar nuestro sustento, pero, más importante aún, fue un entorno propicio para cultivar la disciplina militar: responsabilidad, diligencia y perseverancia. Desde aquellos verdes huertos, comprendí que un soldado madura no solo en el campo de entrenamiento, sino también en todos los aspectos de la vida cotidiana.

Ahora, cada vez que cojo una azada para ir al campo, ya no soy el recluta desconcertado que era el primer día. Una idea clara se ha formado en mí: hacer bien las cosas pequeñas, perfeccionarse mediante tareas difíciles. Las semillas sembradas hoy brotan gradualmente en la tierra, al igual que las aspiraciones de un joven soldado se nutren día a día: la aspiración de contribuir, de estar dispuesto a aceptar y completar cualquier tarea, digno del uniforme verde y del entorno de la Escuela de Formación de Oficiales del Ejército 1.

    Fuente: https://www.qdnd.vn/van-hoa/van-hoc-nghe-thuat/gieo-mam-khat-vong-1023971