Para mí, un nuevo cadete en la Escuela de Oficiales del Ejército, que salía de casa por primera vez y me embarcaba en una vida estrictamente disciplinada, sin haber cocinado nunca antes ni manejado una azada o una pala, la primera sesión de cultivo fue una experiencia verdaderamente memorable.
Los primeros golpes de azada fueron vacilantes; la tierra apenas se labró antes de recuperarse, dejándome la mano entumecida. Los siguientes golpes mejoraron, pero los surcos seguían sin estar rectos. Mirando a mi lado, vi que mis compañeros ya habían empezado a trabajar. Algunos cavaban, otros desherbaban, algunos abrían surcos y algunos sembraban. Cada uno tenía una tarea, trabajando con ritmo y decisión. El sonido de la azada al golpear la tierra era firme y sólido. El sudor me empapaba la camisa, pero nadie flaqueó.
![]() |
| Foto de la ilustración: hc.qdnd.vn |
Mirando a mis compañeros, me dije que tenía que triunfar. Ajustando mi postura, manteniéndome firme y distribuyendo mi fuerza equitativamente con ambas manos, cada golpe de azadón era más limpio que el anterior. Mis manos, acostumbradas a sostener un bolígrafo, ahora estaban ampolladas y ardiendo, pero no me detuve, porque entendí que: tras haberme puesto el uniforme militar, no había lugar para la timidez ni para la rendición.
Cuando sonó el silbato que anunciaba el fin del trabajo, me quedé mirando el huerto de mi equipo. La tierra estaba más suelta, las hileras más rectas y las semillas se asentaron tranquilamente en cada pequeño surco. Fue un logro sencillo, pero trajo una sensación de alivio a todos. Esa noche, bajo las luces del aula, mirando mis manos rojas, ampolladas y doloridas, ya no sentí lástima, sino orgullo. Esas eran las marcas del trabajo duro, de los primeros días de familiarización con la vida de soldado.
En las siguientes sesiones de cultivo, ya no me sentía incómodo. Compartíamos el trabajo pesado y trabajábamos juntos en las tareas difíciles. En la granja, la distancia entre los aprendices de diferentes regiones se fue desvaneciendo gradualmente. Nos entendíamos mejor con cada golpe de azada, cada gota de sudor, cada breve pero cálida palabra de aliento. El espíritu de equipo se forjaba con cosas tan sencillas.
La agricultura nos proporcionaba una fuente adicional de alimento para asegurar nuestro sustento, pero aún más importante, era un entorno para cultivar la disciplina militar: responsabilidad, diligencia y perseverancia. Gracias a esos huertos verdes, comprendí que un soldado madura no solo en el campo de entrenamiento, sino también en todos los aspectos de la vida diaria.
Ahora, cada vez que tomo una azada para ir a la zona de cultivo, ya no soy el recluta desconcertado del primer día. Un pensamiento claro se ha formado en mí: Hazlo bien en las cosas pequeñas, perfeccionándote en las tareas difíciles. Las semillas sembradas hoy están germinando poco a poco, al igual que las aspiraciones de un joven soldado se nutren día a día: la aspiración de contribuir, de estar listo para aceptar y completar cualquier tarea, digno del uniforme verde y del ambiente de la Escuela de Entrenamiento de Oficiales del Ejército 1.
Fuente: https://www.qdnd.vn/van-hoa/van-hoc-nghe-thuat/gieo-mam-khat-vong-1023971







Kommentar (0)