
Cuando empecé a oír el murmullo de las olas, las nubes aparecieron lentamente como una puerta que se abría poco a poco, dándome la bienvenida a otro mundo. La brisa marina salada se filtró en mi cabello y en mi ropa, aliviando el cansancio que me atenazaba, un cansancio que ni siquiera habría notado si no hubiera disminuido el ritmo.
La carretera costera de Do Son es muy larga, sinuosa y serpenteante. A un lado está el mar, al otro acantilados o un laberinto de restaurantes. Si te fijas bien, verás que cada curva y cada tramo tiene su propio encanto. Pero personalmente, prefiero elegir un lugar tranquilo, con una amplia playa de arena y una costa rocosa que cuenta historias de la vida y de la gente.
El mar en Do Son no es de un azul profundo. El color característico de sus aguas es turbio por el limo, a veces con un tono marrón bajo la luz de la tarde, y otras veces con un brillo plateado al amanecer, justo cuando el sol se eleva sobre el horizonte. Es este color singular el que le confiere a Do Son su belleza especial: íntima, tranquila y sincera, como una madre de la costa que vive todo el año entre las olas y los vientos.
Las mañanas en Do Son suelen empezar muy temprano. Antes de que el sol se eleve, el aire se impregna del aroma a sal marina y el eco de los motores de los barcos resuena a lo lejos. Pero estas actividades no se realizan con prisa; siguen el ritmo familiar y constante de la vida diaria de quienes han dedicado su vida al mar. Como me contó una vez el anciano que remendaba redes en la playa, nunca ha abandonado esta tierra en toda su vida, y aun así se siente satisfecho. Se levanta temprano por costumbre, y para él, el trabajo es una alegría, no solo un medio de subsistencia. Entiendo que en ese estado de satisfacción, la vida fluye suavemente cada día, aportando valor a la existencia con un corazón dispuesto, sin exigir mayores beneficios materiales. O quizás, trabajadores como el anciano disfrutan de la energía positiva del mar y la naturaleza, una sensación que no todos pueden percibir o apreciar.
De pie en la orilla, observando los barcos meciéndose a lo lejos, uno se siente de repente increíblemente pequeño en medio del vasto océano. En ese instante, uno desea ser un niño jugando despreocupadamente en la arena, ajeno al paso del tiempo, al ritmo frenético de la vida y al romper de las olas. Y entonces, al atardecer, aún riendo a carcajadas, experimentando una alegría plena...
Observé en silencio cómo las pequeñas olas se sucedían, rompiendo contra la orilla y luego desapareciendo como si nunca hubieran existido. A veces, sentía que el sonido de las olas era como una melodía que calmaba mi corazón, apaciguando sus latidos. Ah, resulta que la gente viene al mar no solo para ver el amanecer o el atardecer, o para retozar y jugar en la larga y ancha playa de arena, sino también para escuchar profundamente. El mar escucha el corazón humano, y la gente escucha los murmullos del mar.
Fuente: https://baohaiphong.vn/khoang-lang-truoc-bien-546822.html











