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El color de la felicidad

(DN) - ¿Alguna vez te has preguntado de qué color es la felicidad? ¿Es el rosa del amor, el amarillo del sol de la mañana o el azul apacible del cielo después de la lluvia? Cada persona tiene su propio tono de felicidad. Algunos dicen que la felicidad es el color de la sonrisa de un niño, otros que es el color del humo de la cocina de un pueblo al atardecer, o el color de la ropa descolorida de una madre tras incontables temporadas de sol y viento. En cuanto a mí, veo la felicidad en todos los colores, cambiando con cada momento de la vida.

Báo Đồng NaiBáo Đồng Nai05/11/2025

De pequeña, mi felicidad era de un cálido color naranja: el color de los dulces que mi madre escondía en mi bolsillo y me ponía a escondidas en la mano cuando me enfadaba después de que me regañara. A veces era el blanco de una página nueva del cuaderno, cuando mi padre se sentaba a mi lado, enseñándome con cariño a escribir mis primeras letras. En aquel entonces, solo encontraba alegría en esas pequeñas cosas, sin saber que representaban la verdadera felicidad.

De pequeña, mi felicidad era de un amarillo pálido, como la luz del sol matutino que entraba por la ventana, acariciando mi cabello despeinado tras una noche sin dormir. Era oír a mi madre llamar: "¡Baja a desayunar, que se va a enfriar!". Una voz tan familiar que era habitual, pero su ausencia, aunque solo fuera por un día, me dejaba con una sensación de vacío. A veces, la felicidad es solo una frase familiar, una que pasamos por alto en medio del ajetreo de la vida cotidiana.

Recuerdo una vez que fui a visitar a mis padres. En cuanto aparqué el coche delante de la puerta, mi padre salió corriendo. En cuanto me vio, me dijo: «Se te ha soltado la ventanilla del coche, déjame ajustarla. Es peligroso en viajes largos». Sin esperar mi respuesta, volvió a entrar rápidamente a buscar sus herramientas habituales. Me quedé allí, observándolo encorvado sobre el coche, con sus manos bronceadas apretando cada tornillo, mientras me recordaba: «Tienes que prestar atención a estas pequeñas cosas, no esperes a que se rompa para preocuparte por arreglarlo». Sonreí y, de repente, se me llenaron los ojos de lágrimas. Resulta que la felicidad a veces puede ser así de simple: tener a alguien que te cuida en silencio, sin palabras floridas, pero que aun así te llena el corazón de alegría. El color de la felicidad en ese momento, para mí, era el marrón oscuro de sus manos callosas, el sol de la tarde brillando en su pelo canoso, el amor más sencillo pero duradero del mundo.

Para mí, la felicidad a veces adquiere el color de la sonrisa de un niño. Como aquella tarde, cuando mi hijita corrió a mis brazos, me ofreció un dibujo garabateado y exclamó: "¡Mami, te dibujé!". Las líneas estaban borrosas, los colores eran aleatorios, pero mi corazón se ablandó. Su sonrisa inocente iluminó toda la habitación. Resulta que la felicidad no está lejos; está ahí mismo, en el instante en que vemos esa sonrisa pura e inocente.

Hay días en que llego a casa después de un largo y agotador día de trabajo y, en cuanto me siento, mi marido me pregunta con dulzura: "¿Ya comiste? Déjame cocinar algo". Esa simple frase me aligera el corazón y toda la presión parece desvanecerse. Por eso, a veces la felicidad no necesita grandes cosas; simplemente se trata de ser atendida con sinceridad genuina. En ese momento, el color de la felicidad es el cálido y delicado matiz del compartir y la comprensión.

A veces, no hago nada, solo me quedo quieta, observando las nubes pasar, escuchando el susurro de las hojas en el porche, y siento una paz inusual. Por la mañana, tomando mi primer café, escuchando el canto de los pájaros en el balcón, todo se siente de repente indescriptiblemente tranquilo. Estos pequeños momentos no son deslumbrantes ni ruidosos, pero me reconfortan. De repente comprendo que la felicidad no tiene color: es tan clara como un suspiro, tan ligera como una brisa, y puedes sentirla con solo detenerte un momento.

Hubo días en que perseguía la felicidad, pensando que solo lograr algo me traería verdadera alegría. Pero cuanto más avanzaba, más me daba cuenta de que la felicidad no es un destino, sino un viaje. Es una serie de momentos sencillos, pequeñas piezas que conforman la imagen de la vida. Y cuando aprendemos a sonreírle a todo, incluso a las cosas que no salen según lo planeado, ya hemos rozado la felicidad.

Ahora bien, si alguien me preguntara: "¿De qué color es la felicidad?", probablemente sonreiría y respondería: La felicidad es el color del amor. Es el cálido sol de la mañana, la paz de un hogar, la mirada de los seres queridos y la transparencia de las cosas sencillas que nos rodean. Cada persona tiene una percepción diferente, pero para mí, la felicidad siempre tiene su propio tono único: ni demasiado brillante ni demasiado apagado, justo el justo para hacernos apreciar la vida.

Ha Trang

Fuente: https://baodongnai.com.vn/van-hoa/202511/mau-cua-hanh-phuc-38203cc/


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