Por aquel entonces, yo era un niño flaco y descalzo que corría bajo el sol abrasador por las vastas laderas de basalto rojo de las Tierras Altas Centrales. Mis veranos de infancia no tenían pasteles, helados ni juguetes sofisticados, solo días desafiando el sol y la lluvia, jugando a las canicas y a la rayuela descalzo; días de vagabundeo despreocupado, dejando que mi mente divagara entre una cesta de yuca hervida, una cueva fresca o el repiqueteo de un tambor hecho con una lata vacía de leche condensada...
Mi mundo giraba en torno a ese pequeño pueblo, un lugar que probablemente podría visitar durante toda mi infancia sin llegar a cansarme. Era así de sencillo: mis amigos y yo podíamos reír y divertirnos durante todo el verano.

Al crecer, mis veranos se llenaron de mañanas brumosas, llevando agua del arroyo a casa; días descalzo en el bosque, con la cara quemada por el sol; y días con mi madre en el campo, cargando sacos de fertilizante más pesados que yo, con la espalda empapada en sudor, pero aun así cantando canciones folclóricas Bahnar. Nadie me habló de las dificultades; solo las sentía en la respiración entrecortada de mi padre al regresar del bosque, en la mirada silenciosa de mi madre mientras soportaba los largos y lluviosos días.
También hubo días de verano en los que recorrí decenas de kilómetros en bicicleta por caminos de tierra accidentados hasta el centro del distrito para vender las verduras silvestres que acababa de recoger. Tenía la piel bronceada, el pelo quemado por el sol, pero solo mis ojos seguían brillando mientras contaba cada moneda que ganaba, como si estuviera agarrando mi pequeño sueño al alcance de la mano.
Y así, las estaciones de exuberantes flores transcurrieron silenciosamente. Fui aceptada en la universidad, la primera de mi pueblo en dejar mi hogar para ir a la ciudad a estudiar, con el corazón lleno de emoción pero también de inquietud. Hanói parecía un sueño, con sus altos edificios, lujosas zonas urbanas y bullicioso tráfico… Llevaba conmigo el sol y el viento de las Tierras Altas Centrales, conquistando las aulas paso a paso, con la esperanza de algún día regresar y reconstruir un hogar para mis padres en medio de los frondosos bosques verdes.
Ahora, cada vez que llega el verano, siento nostalgia. El pueblo de las tierras altas de aquellos tiempos ha cambiado; hay carreteras pavimentadas, electricidad y casas espaciosas... Sin embargo, los árboles de fuego siguen floreciendo con esplendor, y las cigarras siguen cantando durante todo el verano, evocando innumerables recuerdos del pasado.
Cada vez que regreso al pueblo, le muestro a mi hijo la pendiente resbaladiza, la plantación de café de la familia y el pequeño arroyo donde solía pasar tardes enteras. También le cuento sobre una época difícil, cuando su padre creció bajo el sol y el viento, en medio de la árida tierra roja, pero cuyo amor por el pueblo nunca se desvaneció: el lugar que alimentó un corazón capaz de soñar, recordar y sentirse agradecido al llegar a la edad adulta.
Fuente: https://baogialai.com.vn/mua-he-tuoi-tho-post328688.html






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