En aquel entonces, el pequeño patio de la escuela, junto a viejos tamarindos, lucía sus flores deslumbrantes al mediodía. Las cigarras cantaban sin cesar por los senderos, resonando en los viejos tejados de tejas y colándose por las polvorientas ventanas del aula. Nos sentamos juntos durante nuestras últimas clases, pero nadie estaba lo suficientemente tranquilo como para prestar atención a las explicaciones de los profesores. Nuestros libros de autógrafos se pasaban discretamente debajo de los pupitres. Los mensajes cuidadosamente escritos, «Dondequiera que vayamos en el futuro, recordémonos siempre…», despertaron una sensación de nostalgia en el corazón de todos.

Aquella época de exámenes fue más especial que ninguna otra. Fue la última época de exámenes de nuestra época escolar. Se acabaron los días despreocupados corriendo y jugando en el patio. Se acabaron las escapadas a la clase de educación física para sentarnos bajo el árbol de fuego y escuchar a las cigarras. Todo parecía cerrarse sobre nosotros.
Empezamos a comprender que, después de este verano, cada uno tomaría un camino diferente en la vida. Había amigos que creíamos que volveríamos a ver para siempre, pero perdimos el contacto sin darnos cuenta. Había rostros con los que habíamos compartido escritorio durante años, riendo y charlando a diario, pero al despedirnos, lo único que pudimos hacer fue mirarnos en silencio.
Y hay una persona... cuyo recuerdo, cada vez que pienso en ella, me punza el corazón como el canto de las cigarras al final del verano. Es la chica que se sentaba junto a la ventana al fondo del aula. Su largo y sedoso cabello negro solía ondear suavemente con la brisa después de clase. Durante la preparación para los exámenes, me traía unos caramelos y, con una dulce sonrisa, me decía: "¡Haz tu mejor esfuerzo para aprobar el examen!", una frase sencilla que he recordado a lo largo de mi juventud.
Aquella tarde de despedida, el patio del colegio resplandecía con flores rojas y vistosas. Cada pétalo caía lentamente sobre nuestros uniformes blancos. Permanecimos juntos un buen rato, sin querer decir adiós. Dicen que los días de colegio son tan inocentes, pero quizás sea precisamente por esa inocencia que el primer amor es tan genuino e inolvidable.
Recuerdo aquel momento, mi amiga de pie bajo el viejo árbol de fuego, con los ojos rojos y llorosos: «Probablemente nos volvamos a encontrar algún día, ¿verdad?». Sonreí y asentí con vehemencia. Pero la vida no es una promesa hecha por niños que acaban de salir del colegio. Luego, los años se llevaron a todos. Algunos triunfaron en la gran ciudad. Otros se ganaron la vida en silencio, sorteando los altibajos de la vida. Algunos mantuvieron el contacto. Otros desaparecieron como si nunca se hubieran conocido. Y a mi amiga de hace años... nunca más la volví a ver.
Muchos años después, en una tarde de verano al pasar por mi antigua escuela, los árboles de fuego volvieron a florecer, sus flores rojas llenando el cielo. Las cigarras seguían cantando con la misma fuerza que en el verano de antaño. La única diferencia era que el patio de la escuela estaba ahora vacío de los alumnos de aquellos días. Me quedé un buen rato junto al viejo árbol de fuego, sintiendo de repente un profundo silencio en mi corazón. Resulta que lo que más atormenta a la gente no es la ardua época de exámenes… sino el hecho de que, después de esos exámenes, los días de escuela pasan silenciosamente. Pasan como un ferry que nunca regresa. Solo el árbol de fuego rojo florece cada año… para recordar a la gente una época de uniformes blancos, una época de cariño, una época de despedidas que creíamos que volveríamos a encontrar para siempre…
Fuente: https://baotayninh.vn/phuong-do-mua-thi-149163.html









