
Mis recuerdos del magnolio comienzan en mi infancia. En el jardín de mis abuelos, el magnolio permanecía silencioso en un rincón, sin dar frutos dulces ni flores vibrantes, por lo que los niños rara vez le prestábamos atención. Lo que nos cautivaba eran los árboles de longan, yaca y guayaba cargados de fruta. Una vez, incluso nos unimos a papá para exigirle que cortara el magnolio y plantara otros árboles frutales. Entonces, una noche de verano, mientras toda la familia estaba sentada en el patio, una extraña fragancia inundó el aire. Sin decir palabra, todos guardamos silencio, sorprendidos y encantados. Mi abuela rápidamente preparó una mesita bajo el árbol y una tetera. Todos, emocionados, sacamos las sillas y nos sentamos. Bajo la luz de la luna, las pequeñas y delicadas flores del magnolio comenzaron a abrirse, liberando su dulce fragancia. Desde ese momento, el magnolio del jardín dejó de ser un árbol "inútil" para convertirse en una parte indispensable de mis recuerdos.
En los días de verano que siguieron, solía acompañar a mi abuela al jardín al mediodía, escuchando el canto de las cigarras e inhalando en silencio la tenue fragancia de las flores de magnolia. Sentía una paz inusual. Cada vez que nos íbamos, mi abuela envolvía unas cuantas flores en una hoja verde para mí. Las llevaba con cuidado a casa, pero mi madre siempre me recordaba que primero las colocara en el altar, para preservar la pureza de su aroma. Quizás por eso, para mí, las flores de magnolia no son solo una flor, sino también una fragancia asociada con la tranquilidad y lo sagrado.
Al crecer, mis veranos escolares estaban ligados a aquel camino familiar bordeado de magnolios. Las tardes, cuando llegaba tarde a casa después de las clases extraescolares, mis amigos y yo paseábamos en bicicleta por ese camino. Cada vez que pasábamos, en silencio, reducíamos la velocidad y respirábamos profundamente la suave fragancia que flotaba en el aire. Aquel momento, por sencillo que fuera, me acompañó durante todos los años siguientes.
Ahora, en medio del ajetreo de la ciudad, al percibir de vez en cuando el aroma de las flores de magnolia que trae la brisa, siento una punzada de melancolía. En el patio trasero de mi oficina también hay un magnolio. Sin ostentar su belleza, se yergue silencioso, con su follaje de un verde intenso durante todo el año. Cada año, en el tercer mes lunar, cuando los capullos comienzan a abrirse, tengo la costumbre de ir allí, arrancar con cuidado unas cuantas flores tímidas y colocarlas en mi escritorio. Unas pocas flores bastan para perfumar toda la habitación. Su delicada fragancia se extiende, no abrumadora, sino como un susurro, suficiente para calmar la mente y disipar el estrés diario del trabajo.
Las magnolias no son tan vibrantes como las flores más llamativas, ni tan elegantes como las rosas. Florecen con discreción, con sus pétalos blancos y prístinos acurrucados entre las hojas, como una muchacha campesina dulce y tímida. Pero es precisamente esta sencillez la que evoca recuerdos tan entrañables. Sobre todo después de las primeras lluvias de verano, cuando el aire aún está húmedo, la fragancia de las magnolias se intensifica, se vuelve más pura, impregnando cada callejón y acompañándome hasta mi porche. Incluso cuando las flores se han marchitado, el aroma parece perdurar, como un recuerdo que se resiste a desvanecerse.
Algunos aromas pasan y se desvanecen, pero otros perduran en la memoria. Para mí, el aroma de la magnolia forma parte de mi infancia, de mi pueblo, de aquellos inocentes días de verano que ya pasaron. Cada vez que percibo ese aroma, siento que me transporto a mi antiguo jardín, a aquellas tardes con mi abuela, a los caminos de mi época escolar y a los dulces sueños de un tiempo pasado.
Fuente: https://baohungyen.vn/diu-dang-huong-ngoc-lan-3195089.html







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