
Apoyé la mano en el muro de piedra de la antigua torre. La piedra estaba fría, pero no era la frialdad de la materia, sino la frialdad del tiempo, de los siglos transcurridos, que se habían asentado silenciosamente en cada ladrillo, en cada grieta, en cada veta desgastada. Mis dedos parecieron rozar una capa de memoria que se había materializado, cristalizada en silencio.
Entre las grietas, tan finas como marcas de cuchillo grabadas en la tierra y la roca, se veía una franja oscura. No estaba quieta. La percibí moverse, como una corriente invisible, oculta bajo capas de tiempo.
Aquella oscura franja se deslizaba por el borde de los ladrillos, siguiendo las hendiduras de la piedra, para luego desaparecer entre los cúmulos de musgo que se aferraban silenciosamente a la pared. Bajo la luz del sol que se filtraba entre los viejos árboles, aquella franja oscura brilló de repente, no con intensidad, sino con una mirada dolorosa, como la última mirada de alguien a punto de marcharse.
Pienso en una dinastía caída: Champa, sus ciudadelas teñidas de rojo por la tierra, sus dioses e historias de amor olvidadas entre las cenizas.
Quizás, este lugar fue en su día el hogar de una muchacha Cham que caminaba descalza por los fríos escalones de piedra, aferrada a un xilófono de piedra, con la mirada fija en el bosque, esperando a alguien que nunca regresaría.
Cuando los caballos de guerra hicieron retroceder la torre hasta sus cimientos, cuando las llamas envolvieron a toda la dinastía, ese amor permaneció, tan pequeño como una mota de polvo, pero tan duradero como esa mancha oscura; jamás desaparecería.
Me quedé allí, en medio de las ruinas silenciosas, viendo aquella mancha oscura como una entidad viviente: un torrente de tinta de memoria que fluía a través de la historia, continuando escribiendo cosas que nunca habían sido nombradas.
Unas oscuras vetas serpenteantes recorrían las grietas de los ladrillos, fundiéndose con las raíces de los árboles y filtrándose en la roca como un arroyo subterráneo interminable. Nadie las veía, pero todos sentían su presencia, como un susurro en el corazón, muy tenue, pero imposible de ignorar.

El cielo sobre la cúpula de la torre también parecía pesado. Un ave mítica revoloteó inesperadamente desde el ala de la torre; no el sonido de alas, sino un delicado roce entre el cielo y la memoria. Ese sonido sacudió el espacio, dejando un eco como un hilo invisible que conectaba pasado y presente, alma y cuerpo.
En la esquina, los dedos del antiguo relieve se alzaban, palpitando en el crepúsculo, como si intentaran aferrarse a algo que se disolvía. Oí el viento silbando entre los arcos vacíos, como Shiva despertando.
Ella —de origen desconocido— permanecía a mi lado, con la mirada distante, como si viniera de incontables vidas. Le toqué la mano, apenas rozando una fina capa de humo perfumado con incienso. Era la personificación de quienes amaron en silencio, esperaron en la niebla y se fundieron en piedra.
Intuí que en lo más profundo de la torre acechaba un corazón antiguo, agrietado y sangrante, con vetas oscuras, no de tristeza, sino la huella de historias no contadas, de deseos insatisfechos.
El amor que sentí entonces no tenía nombre ni promesas, pero tenía una forma: la de una silenciosa franja negra aferrada a un antiguo muro de piedra. No sabía con quién había empezado ni dónde terminaba, pero existía; testigos innecesarios, sin ceremonia.
Es música que no resuena con el sonido, sino que vibra en el pecho cada vez que tocamos algo que alguna vez fue sagrado.
El muro de piedra ya no era un objeto. Era una pieza musical por interpretar. Cada grieta, cada marca oscura, era una nota baja y resonante. A medida que la luz se desvanecía entre el musgo, vi no solo las cicatrices del tiempo, sino un alma persistente. Y en esos parches de musgo brillante, de repente vi flores verdes que brotaban.
Volví a apoyar la mano contra la piedra, no para comprender, sino para guardar silencio ante ella. Y en ese silencio, oí una respiración, no del templo, sino de mi interior.
Una parte profunda de mí que una vez perdí, ahora está regresando, junto contigo, junto con las brillantes vetas negras sobre el fondo antiguo.
Nosotros, y ese amor, nos fundimos con la inmensidad.
Fuente: https://baovanhoa.vn/van-hoa/nhung-vet-den-biet-tho-151502.html






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