El cuello del cerdo es la zona donde se extrae la sangre durante el sacrificio, lo que lo hace propenso a la formación de coágulos. Además, contiene numerosos ganglios linfáticos cuya función es filtrar y retener bacterias, parásitos y otras sustancias residuales presentes en el organismo del animal.

Un estudio publicado en el Journal of Pharmacology and Medicine reveló que el tejido tiroideo del cuello de los cerdos contiene hormonas como la tiroxina y la triyodotironina. La literatura endocrinológica estadounidense indica que la absorción excesiva de hormonas tiroideas porcinas puede provocar toxicidad. Los síntomas incluyen taquicardia, temblores en las manos, sudoración excesiva, insomnio, inquietud y, en casos graves, arritmias. Las personas con enfermedades cardiovasculares o hipertensión arterial son más propensas a sufrir esta reacción.

Incluso después de cocinarlas a fuego lento o durante mucho tiempo, estas sustancias tóxicas pueden persistir.