Siempre he creído que cada reino de la memoria tiene su propio color único. El invierno es del color del humo de la cocina difuminado por la bruma matutina, el otoño es el amarillo tranquilo de las hojas que caen en el porche.
Y mayo, el mes que marca el comienzo del verano y el final del curso escolar, es soleado. Pero no un sol abrasador e intenso, sino el cálido sol dorado de esos últimos días en el patio del colegio, escuchando el resonante sonido de la campana al mediodía y cogidos de la mano con los amigos en momentos que parecen durar para siempre.
Mayo tiene algo muy diferente. El patio de la escuela es el mismo, los árboles son los mismos, pero de repente reina el silencio, las risas son menos frecuentes y en cada paso de los alumnos parece haber una melancolía adicional e indescriptible. Las flores de mirto crespón se tornan moradas en un rincón del patio, los flamboyán se cubren de vibrantes racimos rojos y las cigarras comienzan su largo, animado y a la vez conmovedor canto. Todo parece haberse confabulado, anunciando silenciosamente la llegada de la temporada de despedidas.
Los últimos días del curso escolar siempre traen consigo una mezcla de nostalgia y ternura. La gente se mira más, pero habla menos. Las conversaciones se acortan, mientras que las miradas se prolongan y se vuelven más profundas.
Hubo apretones de manos tensos, roces prolongados en los hombros, como si todos quisieran aferrarse a un instante más antes de separarse. Pequeños trozos de papel pasaron de mano en mano, deseos escritos a toda prisa, cosas que quedaron sin decir; todo permaneció en silencio en la memoria.
Recuerdo una tarde, a finales de curso, que toda la clase se sentó bajo un árbol en el patio del colegio. Sin que nadie dijera una palabra, todos guardamos silencio durante unos minutos, y de repente alguien soltó una carcajada, seguida de una oleada de risas.
En aquel entonces, no hablábamos del futuro ni de una ruptura; simplemente nos sentábamos uno al lado del otro un rato más, como si la simple cercanía bastara para crear un recuerdo. Quizás sean estos momentos cotidianos los que perduran en la memoria.
Los primeros amores platónicos entre chicos y chicas son puros y frágiles, pero sorprendentemente duraderos. No necesitan nombre, promesa clara ni un final perfecto. Basta con un rayo de sol que se filtra entre las hojas o un sonido familiar en una calle bulliciosa para conmover el corazón y evocar recuerdos de una época pasada que parece haberse mantenido intacta.
Una vez guardé un pétalo de flor de fénix prensado en mi cuaderno de último año de secundaria. Cada vez que lo abría, el aroma a papel viejo se mezclaba con los recuerdos persistentes de la luz del sol del pasado, suaves pero profundos. El pétalo se habrá marchitado con el tiempo, pero las emociones nunca se han desvanecido.
Me recuerda a una época ingenua, cuando amábamos sin saber qué era el amor, nos sentíamos tristes sin comprender qué era la tristeza y rompíamos, pero aun así creíamos que nos volveríamos a encontrar al día siguiente como si nada hubiera cambiado.
Recuerdo que un amigo escribió en secreto una frase muy breve en la última página de mi anuario: "Recuerden no olvidarse el uno del otro después". Cuando la releí, solo sonreí, porque en aquel entonces todos pensaban que separarse era solo algo temporal.
Pero con el paso de los años, algunas personas se distanciaron definitivamente, perdiendo el contacto y sin volver a verse jamás. Aquellas sencillas palabras se convirtieron de repente en un recordatorio tierno pero conmovedor de que algunas relaciones solo pueden conservarse en los recuerdos de la juventud.

Hubo momentos en que volvía a mi antigua escuela, caminando despacio por los pasillos familiares, mirando por la ventana que había sido parte de mi juventud. Todo parecía seguir igual: la pizarra, los pupitres y las sillas, las hileras de árboles que se erguían silenciosamente bajo el sol. Solo nosotros habíamos cambiado. Habíamos crecido, tomado caminos separados, llevando con nosotros recuerdos que jamás podríamos revivir, recuerdos que solo podíamos guardar y rememorar en silencio de vez en cuando.
Para mí, el sol de mayo no es solo luz, sino también un aroma muy particular. Es el olor del patio de la escuela después de la primera lluvia de la temporada, el aroma a tiza blanca que aún se adhiere a mis mangas, el olor a cuadernos viejos, e incluso el leve aroma del cabello de alguien en la brisa. Estos aromas no son distintivos, no son fáciles de nombrar, pero con solo vislumbrarlos en la bulliciosa calle me detengo y dejo que los recuerdos me inunden.
Han pasado muchos años y ya no recuerdo todos los detalles de mis días de escuela, pero sí recuerdo vívidamente el sol de aquellos días de mayo. Recuerdo la deslumbrante ceremonia de graduación, las miradas cómplices de mis amigos, los abrazos apresurados y la promesa de volver a vernos; una promesa que todos comprendíamos, pues sabíamos que el tiempo podía desvanecer incluso las cosas más radiantes.
Mayo es el mes de las despedidas, pero también el de los nuevos comienzos. Cada cierre es una nueva apertura. Como la luz del sol, brillante y a veces intensa, pero a la vez nutritiva, que marca el inicio de la maduración y nos impulsa con pasos silenciosos pero poderosos hacia la madurez. Y entonces, en el largo viaje de la vida, habrá momentos en que nos detengamos, solo para darnos cuenta de que el sol de mayo de ese año se ha convertido en un recuerdo entrañable.
Hay cosas que pasan y nunca regresan, pero también hay otras que se vuelven más nítidas en nuestra mente a medida que se alejan. El sol de mayo es una de ellas: lejano y cercano a la vez, radiante y suave, suficiente para calentar un rincón de nuestros recuerdos cuando, de repente, nuestro corazón encuentra paz en medio del ajetreo del presente.
Hubo un rayo de sol que una vez iluminó mi vida, de forma silenciosa pero profunda, de tal manera que cada vez que lo recuerdo, mi corazón se calienta como si estuviera en el patio del colegio en algún mes de mayo, como si nunca me hubiera marchado.
Fuente: https://giaoducthoidai.vn/tan-man-nang-thang-nam-post778610.html







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