Y lo que más preocupa a la sociedad es la pregunta: ¿Por qué un niño sufrió durante tanto tiempo sin que nadie lo supiera? ¿Por qué no se detectaron esas señales de dolor? ¿Por qué un estudiante prefirió hundirse en la desesperación en lugar de buscar ayuda?
Es innegable que, en muchos casos, el entorno escolar sigue centrándose en gran medida en el control del comportamiento, descuidando la observación de las emociones y el bienestar psicológico de los estudiantes.
En realidad, los tutores de clase se enfrentan a una presión considerable en lo que respecta a los expedientes académicos, las calificaciones y las evaluaciones del rendimiento de los alumnos, pero carecen del tiempo y las habilidades necesarias para reconocer los cambios psicológicos sutiles en sus estudiantes.
Mientras tanto, entre los adultos persiste la mentalidad de "no darle importancia" y pensar que "no es nada grave". En algunos casos, cuando los estudiantes se quejan, se les aconseja que "intenten ignorarlo", que "los chicos solo están bromeando" o que "no sean tan sensibles".
¡Cuánta negligencia involuntaria existe por parte de maestros, padres e incluso administradores educativos si solo oyen pero no escuchan realmente a los estudiantes, solo miran pero no observan, solo miden las calificaciones mientras se olvidan de su interés y esfuerzo por aprender! Esta negligencia, sin querer, hace que muchos estudiantes se sientan solos e indefensos.
Para abordar la violencia escolar desde su raíz, no podemos esperar a que ocurran incidentes antes de actuar. Lo más necesario es crear un sólido mecanismo de prevención, detección temprana y apoyo psicológico.
Una escuela segura no se trata solo de tener cámaras o reglas estrictas; se trata de un lugar donde los estudiantes se atrevan a decir la verdad sin temor a ser juzgados. Cuando los estudiantes saben que serán escuchados, protegidos y respetados, se atreverán a expresarse.
Los tutores deben ser vistos como los "controladores emocionales" del aula, no solo como quienes gestionan la disciplina. Deben estar lo suficientemente cerca como para notar miradas esquivas, retraimiento inusual o sutiles señales de auxilio por parte de los alumnos.
Para lograrlo, es necesario capacitar a los docentes en habilidades básicas de orientación, identificación de riesgos psicológicos y manejo de situaciones de violencia escolar.
Los padres no deberían limitarse a preguntar a sus hijos: "¿Cuántos puntos conseguiste hoy?". Más importante aún, deberían preguntarles si están contentos, si están heridos o si tienen miedo de algo.
Además, las escuelas deben enseñar a los estudiantes las habilidades para expresarse, rechazar la violencia, relacionarse con compañeros que aporten valores positivos y buscar apoyo psicológico eficaz. No se puede demorar la implementación del modelo coordinado de los "tres círculos de protección": escuela, familia y estudiante; y este debe ser un modelo dinámico con prioridades centradas en el impacto educativo y la atención a la salud mental de los estudiantes.
En este modelo, la escuela desempeña el papel de identificar e intervenir; los padres desempeñan el papel de acompañar y apoyar; y los estudiantes desempeñan el papel de compartir y apoyarse activamente entre sí.
Cuando estos tres ámbitos están estrechamente conectados, el riesgo de que los estudiantes se queden solos se reduce considerablemente, y los problemas pueden detectarse y abordarse de forma rápida y eficaz.
No esperen a que ocurra otro incidente trágico para hablar sobre la violencia escolar. Actúen ahora: escuchen más a los estudiantes, obsérvenlos con mayor atención, intervengan antes y demuéstrenles afecto de la manera correcta.
Si solo miramos a los estudiantes con una mirada que carece de empatía, respeto y sinceridad genuina en sus ojos, será difícil empatizar con su dolor, compartirlo y resolverlo.
Fuente: https://tuoitre.vn/dung-de-tre-phai-tuyet-vong-trong-im-lang-2026052809340393.htm








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