La madre eligió la felicidad, el hijo se fue de casa.
Acababa de entrar en una cafetería y ni siquiera me había sentado cuando un limpiabotas se me acercó corriendo: «¡Déjeme lustrarle los zapatos, señora!». Acerqué una silla y me senté. Mientras me quitaba la bufanda, el chico me vio y enseguida se dio la vuelta y salió corriendo. Lo reconocí; era Nguyen Van Nam, mi alumno de sexto grado de mi pueblo. Rápidamente, lo agarré de la camisa: «¡Nam, no corras! ¡Quédate aquí conmigo!». Pero Nam se soltó y salió disparado.
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