
Este planteamiento del problema es relevante porque demuestra que la estabilidad macroeconómica ha trascendido la mera consideración de un objetivo técnico establecido entre bastidores. El concepto aborda directamente el marco que mantiene la economía segura, flexible y ordenada ante la intensificación de las presiones externas.
Recientemente, académicos y analistas económicos nacionales han debatido ampliamente sobre el crecimiento, el margen de maniobra en materia de políticas, los tipos de interés, los tipos de cambio y la inversión pública. Sin embargo, subyace a estos debates una cuestión más fundamental: en una economía abierta, influenciada directamente por la geopolítica , los precios de la energía, el sentimiento del mercado y las limitaciones inherentes al modelo de desarrollo, ¿cómo debe entenderse la estabilidad macroeconómica? Una comprensión limitada convierte fácilmente el concepto en un lenguaje seguro para retrasar el cambio. Una comprensión demasiado amplia diluye su significado; cualquiera puede utilizarlo, pero pocos lo comprenderán plenamente. Para entenderlo correctamente, es necesario considerar simultáneamente múltiples perspectivas.
En primer lugar, difícilmente se puede hablar de estabilidad económica cuando los precios se disparan, la inflación erosiona la renta real, los tipos de cambio fluctúan vertiginosamente o las condiciones monetarias varían de forma tan errática que a las empresas les resulta difícil calcular los costes de capital y de importación. En ese sentido, la estabilidad macroeconómica sigue estando estrechamente ligada a la inflación, los tipos de interés, los tipos de cambio, la liquidez y otras variables nominales fundamentales.
Durante una reunión con la delegación del FMI el 27 de marzo, la Gobernadora del Banco Estatal de Vietnam, Nguyen Thi Hong, reiteró la postura firme de Vietnam de no sacrificar la estabilidad macroeconómica por el crecimiento a corto plazo. Esta declaración da en el clavo en lo que respecta a la gobernanza. Cuando el nivel nominal se distorsiona, las fluctuaciones posteriores suelen producirse más rápidamente de lo previsto.
Sin embargo, observar únicamente la inflación o los tipos de cambio no basta para comprender plenamente la situación actual. En la economía vietnamita, muchas presiones nominales ya no se originan exclusivamente desde dentro. Absorben las perturbaciones externas a un ritmo cada vez mayor. Una crisis geopolítica puede impactar directamente los precios del petróleo, extenderse al transporte, a los insumos importados y, en última instancia, a los precios de las materias primas nacionales. Una fluctuación financiera internacional puede afectar al dólar estadounidense, a la percepción de mantener divisas extranjeras, al coste de la movilización de capitales y, posteriormente, repercutir en la economía real. Por lo tanto, la gestión económica actual requiere más que la mera manipulación de instrumentos monetarios. Es necesario comprender las vías de transmisión del riesgo desde el principio y bloquearlas de entrada, antes de que la presión afecte al núcleo de la economía.
Otro aspecto importante reside en las interconexiones principales. La expresión «balances principales» aparece con frecuencia en documentos administrativos, pero tradicionalmente se ha interpretado de forma bastante restrictiva. Al oírla, muchos piensan inmediatamente en el presupuesto, la balanza de pagos o la deuda pública. Esta interpretación no capta el aspecto más crucial: las interconexiones que pueden desestabilizar todo el sistema cuando se desajustan simultáneamente. La energía, el tipo de cambio, la liquidez del sistema, el suministro de materias primas estratégicas y los mecanismos de transmisión de precios entran dentro de esta categoría.
Los acontecimientos de marzo de 2026 lo demostraron claramente. El 6 de marzo, el Gobierno emitió la Resolución 36/NQ-CP, que describía varias medidas urgentes para responder a los conflictos en Oriente Medio, con el objetivo de garantizar el suministro de productos petrolíferos para la producción, el comercio y el consumo nacionales, evitando así interrupciones. Este detalle por sí solo demuestra que cuando un eslabón como el energético sufre problemas, la estabilidad macroeconómica se ve inmediatamente comprometida.
El 27 de marzo, la Resolución 69/NQ-CP aclaró aún más cómo el Estado abordaría el importante desafío del equilibrio presupuestario. El pago anticipado de 8 billones de VND provenientes del aumento de los ingresos del gobierno central en 2025 al Fondo de Estabilización de Precios de los Combustibles no fue simplemente una decisión presupuestaria. Detrás de ella subyacía una lógica operativa clara. Cuando los precios de la energía amenazaban con desestabilizar todo el sistema, la política fiscal debía intervenir para compartir la carga, en lugar de concentrar toda la presión en la política monetaria. En resumen, mantener los equilibrios presupuestarios implicaba garantizar que los eslabones cruciales de la economía no se desequilibraran simultáneamente.
El tercer elemento es más difícil de percibir, pero cada vez más importante: las expectativas. En la declaración del Secretario General, la estabilidad macroeconómica va de la mano con el fortalecimiento de la confianza del mercado y la estabilización de las expectativas. Esta conexión demuestra que la gobernanza actual ha ido más allá de la simple gestión de variables. La clave reside también en la gestión de la confianza.
Una economía puede mantener muchos indicadores positivos sobre el papel, pero seguir siendo frágil. Esta situación surge cuando las empresas pierden la fe en la coherencia de las políticas, cuando los mercados financieros dudan de la gobernanza o cuando la gente empieza a adoptar una postura defensiva acaparando, retrasando inversiones o trasladando activos a canales más seguros. La inestabilidad en estos casos no comienza con los datos. Las semillas de la inestabilidad aparecen primero en las expectativas.
En una economía altamente abierta como la de Vietnam, las señales políticas suelen ser tan importantes como las herramientas mismas. Las señales claras permiten que el mercado se reorganice. Sin embargo, las señales superpuestas desencadenan una respuesta defensiva más rápida que el impacto inicial. Por lo tanto, comprender la estabilidad macroeconómica en el sentido moderno no puede ignorar la tarea de mantener las expectativas ancladas. Para lograrlo, todo el sistema debe transmitir un flujo de información suficientemente consistente desde el nivel de liderazgo hasta los niveles de implementación y ejecución. Cuando se establecen principios al más alto nivel y luego se activan herramientas específicas en energía, precios y moneda, esta misma cadena contribuye a la estabilidad.
Finalmente, está la resiliencia económica. Este es el cambio más significativo en la comprensión de la estabilidad macroeconómica. En la antigua concepción, la estabilidad solía sugerir un estado de calma. Los indicadores fluctuaban poco y la economía se consideraba segura. El mundo actual ya no permite que esa imagen persista. Las crisis pueden provenir de guerras, energía, comercio, finanzas, tecnología o interrupciones en las cadenas de suministro globales.

Por lo tanto, una economía estable no significa que las cifras permanezcan estancadas. Más importante aún, reside en la capacidad de absorber perturbaciones sin desencadenar una reacción en cadena. Los precios se disparan, se extiende el optimismo, los tipos de cambio se ven presionados, la liquidez se reduce y el margen de maniobra disminuye rápidamente. Cuando el Secretario General hizo hincapié en vincular la estabilidad macroeconómica con la necesidad de fortalecer la resiliencia ante las perturbaciones externas, ese término refleja con precisión la realidad de esta época.
Desde esta perspectiva, la estabilidad macroeconómica ya no es simplemente un estado de calma. La esencia de este concepto reside en la capacidad de mantener el funcionamiento ordenado de la maquinaria económica bajo presión. En teoría, las cosas no se desmoronan. Los componentes principales no se desincronizan. Las expectativas se mantienen firmes. La resiliencia es suficiente para absorber las perturbaciones externas. Al considerar estos aspectos en conjunto, resulta evidente por qué este mismo término tiene hoy un significado tan diferente al que tenía antes. La estabilidad macroeconómica se ha convertido en parte integral del funcionamiento de la maquinaria económica.
A partir de ahí, la cuestión de «estabilidad o crecimiento» comienza a estrecharse. La pregunta más importante es qué estructura puede generar estabilidad, qué tipo de coordinación de políticas puede mantenerla y qué tipo de desarrollo requiere dicha estabilidad para perdurar. Si la estabilidad macroeconómica se considera un término defensivo, se utiliza fácilmente para rechazar la presión por el cambio. Pero si se entiende como la base para una transición de modelo, la estabilidad macroeconómica emerge como una condición para el desarrollo.
Por lo tanto, la estabilidad no está separada de la reforma. Cuando la base es sólida, la reforma tiene margen para avanzar sin verse paralizada por la incertidumbre. En términos más generales, la estabilidad macroeconómica no frena el desarrollo. La función de la estabilidad radica en garantizar que el motor del crecimiento, por muy rápido que funcione, no se deteriore.
“Adherirse a los principios de estabilidad macroeconómica, controlar la inflación y garantizar los principales equilibrios es un requisito previo y un pilar fundamental para el funcionamiento flexible, seguro y eficiente de toda la economía. La gestión de las políticas fiscales, monetarias y demás políticas macroeconómicas debe ser proactiva, flexible y estar estrechamente coordinada, apoyando un crecimiento razonable al tiempo que fortalece la confianza del mercado, estabiliza las expectativas y mejora la resiliencia de la economía ante las perturbaciones externas.”
(Discurso del Secretario General To Lam en la clausura de la 2ª Reunión del Comité Central, 14º Periodo)
Fuente: https://nhandan.vn/banh-lai-cho-nen-kinh-te-truc-nhung-cu-soc-post956384.html








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