En el contexto de los sistemas de salud que enfrentan numerosas presiones debido al hacinamiento hospitalario, la escasez de personal, los errores médicos, etc., la inspección y evaluación de la calidad hospitalaria ya no es solo un procedimiento administrativo, sino un "filtro de seguridad" para la salud pública. Esta práctica se ha adoptado e implementado en muchos países del mundo.
Los resultados de las evaluaciones proporcionaron una revisión exhaustiva del funcionamiento del hospital: desde la sala de urgencias y las habitaciones de los pacientes hasta los procedimientos de control de infecciones y la actitud del personal médico. Gracias a ello, se confirmaron las fortalezas, se identificaron las debilidades y el hospital se vio obligado a cambiar hacia una dirección más segura y eficiente.
Anteriormente, los pacientes solían elegir hospitales por costumbre o recomendaciones personales. Ahora, cuentan con un criterio objetivo adicional: las calificaciones de calidad. Las personas tienen derecho a saber qué hospitales están bien valorados en cuanto a seguridad quirúrgica, control de infecciones, atención al paciente y servicios de apoyo. Esta transparencia protege los derechos legítimos de los pacientes y los sitúa en el centro del sistema sanitario.
La divulgación pública de los resultados de la evaluación hospitalaria también fomenta una sana competencia. Los hospitales con altas puntuaciones obtendrán reconocimiento, consolidarán una marca de prestigio y atraerán pacientes. Por el contrario, a los hospitales con bajas puntuaciones les resultará difícil ocultar sus deficiencias, lo que los obligará a mejorar si no quieren quedarse atrás.
Esta misma presión generará un cambio duradero, desencadenando una carrera por "limpiar", renovar e incluso "pulir" los hospitales de la manera más perfecta posible para obtener una certificación de calidad.
Sin embargo, muchos expertos sostienen que los resultados de la evaluación a veces no reflejan con precisión la realidad debido al papel limitado de la supervisión independiente; algunos criterios se centran más en el papeleo y los procedimientos que en los resultados del tratamiento y las experiencias de los pacientes.
Además, existe una disparidad entre los distintos niveles de atención médica: los hospitales de mayor nivel cuentan con más recursos y mayores probabilidades de obtener puntuaciones altas, mientras que los de menor nivel suelen enfrentar dificultades en cuanto a personal, financiación e infraestructura, lo que conlleva el riesgo de quedar en desventaja con respecto a otros. Muchos hospitales reciben puntuaciones impresionantes, pero los pacientes tienen que esperar horas para una sola consulta, los pasillos permanecen abarrotados y los suspiros de los pacientes siguen resonando.
Mientras tanto, los hospitales de menor categoría, a pesar de sus esfuerzos por mejorar, reciben bajas calificaciones simplemente por falta de equipamiento o instalaciones obsoletas. Este sistema de calificación premia inadvertidamente a los que ya son fuertes y penaliza a los que son débiles, lo que agrava aún más la desigualdad en el acceso a la atención médica.
Además, los criterios actuales de evaluación de la calidad hospitalaria aún dependen en gran medida del papeleo y los procedimientos, y la gente no acude a los hospitales para ver lo ordenados que están los archivadores; lo que necesitan es un tratamiento de calidad, seguridad y respeto. Sin embargo, estos elementos fundamentales no se priorizan en los criterios.
Idealmente, las encuestas de satisfacción del paciente deberían ser el eje central del proceso de evaluación, pero en la práctica, estas encuestas consisten principalmente en unos pocos cuestionarios formales, e incluso algunos hospitales distribuyen cuestionarios para que el personal los recoja. ¿Cómo pueden los pacientes atreverse a hablar con franqueza y dar su opinión sincera en tales circunstancias?
Si el sector sanitario realmente quiere mejorar la calidad hospitalaria, lo primero que debe hacer es priorizar la experiencia del paciente, principal usuario de los servicios hospitalarios. Escuchar las inquietudes de los pacientes ayudará a identificar las causas fundamentales, encontrar soluciones, realizar mejoras y, en definitiva, brindarles una mejor atención.
Lo más importante es que la evaluación de la calidad hospitalaria no debe realizarse únicamente según los cronogramas o despliegues planificados, sino que debe hacerse a diario, y los criterios de evaluación deben cambiar: utilizando los resultados del tratamiento, la seguridad del paciente, las tasas de mortalidad, las complicaciones y la satisfacción genuina del paciente como referencia, porque estas cifras no mienten.
Evaluar la calidad hospitalaria es una política acertada, pero si se convierte en una "competencia basada en el rendimiento", no solo no fomentará la mejora, sino que también creará ideas erróneas peligrosas: la gente perderá la confianza y los hospitales perderán la motivación para cambiar.
Solo cuando los informes de evaluación reflejen fielmente las camas de hospital, las salas de urgencias y las opiniones de los pacientes, la calidad hospitalaria tendrá sentido. Por el contrario, si las cifras se quedan en una mera fachada, los principales perjudicados serán los pacientes, quienes depositan su vital confianza en el sistema de salud.
THANH AN
Fuente: https://www.sggp.org.vn/cong-tam-danh-gia-chat-luong-benh-vien-post809203.html






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