NOTA DEL EDITOR:
Hay maestros que no solo imparten lecciones de los libros de texto, sino que también inspiran en sus alumnos la convicción de seguir adelante, superar los obstáculos y encontrar su propio camino. Con la serie "El maestro que cambió mi vida", VietNamNet presenta historias reales de maestros dedicados y compasivos que, en silencio, siembran la semilla de la bondad y generan cambios significativos en la vida de cada persona.
En el artículo que aparece a continuación, los reporteros de VietNamNet recogen la historia tal como la cuenta el Sr. Pham Thai Son, Director del Centro de Admisiones y Comunicaciones de la Universidad de Industria y Comercio de Ciudad Ho Chi Minh:
A las 7:30 de la mañana del 31 de agosto de 2019, ese momento se convirtió en un punto de inflexión amargo en mi vida: el derrame cerebral me golpeó, arrasando con todos mis planes, mi pasión e incluso mi propia vida.
Durante aquellos días tan oscuros, comprendí de verdad lo que significaba estar en una situación de vida o muerte. Y entonces, en la oscuridad del hospital, alguien entró y cambió el rumbo de mi vida: el Sr. H, mi actual director.
En medio del olor a desinfectante y las frías luces de la habitación del hospital, el médico entró no con la actitud de un líder, sino con la calidez de un familiar. No preguntó: "¿ Cuándo volverá al trabajo?". Solo preguntó: "¿ Todavía le duele? ¿Está cansado ?".
Esa pregunta tocó la fibra más profunda de mi agotamiento. Me hizo ver que aún podía ser vista como un ser humano antes que como una empleada.
Luego abrió su teléfono, me mostró un documento y dijo en voz muy baja: " Acabo de tomar una decisión. Gracias a todos, especialmente a ti, por estar siempre ahí".
Más tarde, me dio algo de dinero para ayudarme a recuperarme. Recuerdo la sensación de aquel momento; en medio de la fragilidad del destino, pareció tenderme una mano, sacándome del abismo no con palabras de aliento, sino con una confianza incondicional.

Tres semanas después de mi derrame cerebral, regresé a la escuela. Mis piernas aún estaban débiles, mi corazón seguía inestable y mi cabeza seguía dando vueltas. Lo primero que pensé fue en renunciar a mi trabajo. Abrumada por mi enfermedad, mi salud y la carga que sentía, estaba casi desesperada. Pero lo primero que me dijo mi maestra fue: "Tranquila, ocúpate de todo en el centro. Alguien más se encargará de todo. Si hay algún problema, yo me ocuparé. Solo ven cuando sea absolutamente necesario y tu asistencia seguirá contando".
De vez en cuando, bajaba al centro, pero no para inspeccionar ni juzgar. Venía a escuchar, a resolver problemas, a poner la mano de un líder donde la organización sufría. Su presencia brindaba tranquilidad a todo el equipo. Y para mí, cada vez que lo veía, me sentía un poco más fuerte.
Lo llamo "Jefe H" desde que era subdirector. En aquel entonces, todo, grande o pequeño, recaía sobre él: asuntos profesionales, internos y externos, asignaciones en el extranjero, incluso las tareas más insignificantes que nadie más quería asumir. Eventos, comidas, asuntos triviales... todo le llegaba con naturalidad. Pero nunca se quejó, nunca eludió la responsabilidad y, desde luego, nunca presumió. Realizaba su trabajo con meticulosidad y dedicación. Entre un sinfín de tareas, siempre hablaba con suavidad, miraba a la gente sin juzgar y trataba a todos con respeto.
Mi grave enfermedad me mostró la fragilidad de la vida, mientras que mi profesor me enseñó la fortaleza de un líder bondadoso. El liderazgo no se trata de eslóganes pegados en las paredes. El liderazgo se mide por las acciones cotidianas: preguntar cómo está alguien antes de asignarle tareas; confiar antes de exigir; estar presente cuando los demás están más vulnerables.

La carta de decisión que mi profesor me mostró en la habitación del hospital aquel año reparó los pedazos rotos de mi fe. El apoyo financiero que me brindó sanó mis heridas físicas. Y su presencia inquebrantable sanó mi espíritu, la parte más vulnerable de mí tras mi grave enfermedad. Desde entonces, comprendí que una organización sólida no solo se construye sobre procedimientos estandarizados, sino también sobre líderes que priorizan a las personas sobre los números. Al observarlo trabajar cada día, aprendí muchas cosas: integridad, dedicación, tolerancia y, sobre todo, el espíritu de compromiso: estar presente donde se le necesita. Por lo tanto, la palabra "jefe" ya no representa una distancia; se ha convertido en un sistema de apoyo, una fuente de protección.
En aquel momento crítico para mí, el Sr. H. me puso la mano en la espalda, me ayudó a incorporarme, me guió para ponerme de pie y luego caminó conmigo una buena distancia. Desde entonces, viví según su enseñanza: con acciones, no con palabras, haciendo bien mi trabajo, preocupándome sinceramente por mis compañeros y, siempre que fuera posible, brindando apoyo a quienes temblaban como yo lo había hecho antes.
Hoy alguien me preguntó: "¿Quién es el profesor que te cambió la vida?". Le conté la historia de aquella habitación del hospital, donde el profesor H. me mostró una decisión como muestra de gratitud e infundió nueva esperanza en mi corazón. Al compartir estas palabras, sigo llamándolo "Jefe H", pero en el fondo sé que lo llamo por otro título: Profesor. Porque no solo dirige una escuela. Me enseñó a ser una buena persona, con un corazón que sabe cuándo confiar y con las manos siempre dispuestas a apoyar a los demás en sus momentos más difíciles.
Fuente: https://vietnamnet.vn/o-ranh-gioi-sinh-tu-toi-gap-nguoi-thay-cuu-ca-cuoc-doi-minh-2463129.html










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