Algunas personas regresan a casa cada mes, pero cuando llegan las vacaciones, sienten una punzada de nostalgia, como si un hilo invisible las arrastrara de vuelta. Una vez en casa, a menudo no se quedan mucho tiempo; en cambio, sus pies inevitablemente las llevan al patio trasero, a la familiar cocina anexa, donde sopla la brisa fresca y se sienten ligeras, como si todas las cargas y dificultades de sus carreras y estudios se hubieran "curado".
En el sur, la estación seca es abrasadora. Sin embargo, detrás de la casa, basta con colgar una hamaca para refrescarse. La brisa del jardín sopla entre los cocoteros y los árboles de yaca, trayendo consigo el ligero aroma a paja y humo de cocina, arrullándote sin que te des cuenta. A veces, después de un rato allí tumbado, abres los ojos y oyes a tu madre llamándote para cenar.

La cocina, situada al fondo de la casa, o el anexo lateral, era un punto de encuentro familiar para toda la familia. Allí, mamá y mi hermana mayor preparaban con cariño comidas caseras y reconfortantes. A veces, los platos eran simplemente una olla de sopa agria con espinacas, un plato de pescado estofado o un tazón de salsa de pescado con chiles, pero conservaban el equilibrio perfecto entre los sabores salados y dulces del amor familiar. El humo de la cocina nos irritaba los ojos, pero también era ese lugar que guardaba tantos recuerdos. Había momentos en que las cosas no iban bien en casa, y mamá se retiraba en silencio al fondo, se secaba las lágrimas con el dobladillo de su vestido y luego volvía a preparar la comida como si nada hubiera pasado.
La cocina también es testigo de los cambios en la vida de una persona. Cuando una hija llegó a vivir con la familia de su esposo, sintiéndose aún incómoda y poco familiarizada con las costumbres de su hogar, solía quedarse sola en el patio trasero, añorando su casa y a su madre. Luego, con el paso de los años, ese mismo lugar se convirtió en donde cocinaba, cuidaba de su pequeña familia y encontraba paz en el sonido de los niños jugando en el patio.
En el campo, la cocina es mucho más que un lugar para cocinar. Es también un punto de encuentro, un lugar para contar historias, un lugar para estrechar lazos. A la hora del almuerzo, los niños se reúnen para comer arroz sobrante con caldo, charlando y riendo alegremente. Por la noche, cuando papá regresa del campo, pasa por la cocina para preguntarle a mamá qué van a cenar y, de paso, recoge un chile, algunas verduras y ayuda a mamá a prepararlas. Por la noche, toda la familia se reúne alrededor de la mesa y la conversación fluye desde historias sobre el campo y los huertos hasta chismes del vecindario.
La vida moderna ha transformado muchos hogares rurales. Las estufas de gas y eléctricas han reemplazado a las de leña; las casas se construyen más cerradas, con menos patios traseros espaciosos que antes. Pero en la memoria de muchos, la cocina al aire libre permanece, una parte indispensable de la vida familiar en el sur de Vietnam.
Quizás por eso, cada vez que la gente regresa a su ciudad natal, no solo va a visitar a su familia y a su madre, sino también a encontrar esa paz en la cocina. Sentados allí, escuchando el viento, el tintineo de los platos, oliendo el humo de la cocina, sienten de forma natural cómo sus corazones se calman en medio del ajetreo.
La cocina al fondo de la casa: un pequeño rincón, pero lleno de cariño. Solo te das cuenta de cuánto la echas de menos cuando estás lejos, pero una vez que vuelves, basta con regresar, colgar la vieja hamaca, oír a mamá llamándote para cenar, y sientes como si nunca te hubieras ido de allí.
Fuente: https://www.sggp.org.vn/ve-tham-chai-bep-sau-he-post850836.html







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