No es tan estridente como el mal, ni tan agudo como el crimen, pero es persistente, generalizado y corrompe las normas que deberían respetarse. Esta desvergüenza ya no es asunto privado de unos pocos individuos desviados, sino que se ha convertido en un fenómeno que merece reflexión en numerosos grupos, agencias y organizaciones.
La desvergüenza, ante todo, se manifiesta en una pereza flagrante. Llegan a la oficina (quizás) puntuales por la mañana y se van (quizás) justo a la hora de la tarde; sus registros de asistencia (aparentan) estar completos, pero en el tiempo que transcurre entre ambos días, su presencia es tan tenue como la puesta de sol. El trabajo colectivo "no es mi responsabilidad"; la responsabilidad colectiva "la asume otro". Viven dentro del grupo como autoestopistas: viajando en el vehículo de otro, disfrutando del aire acondicionado compartido, usando el nombre común, pero sin hacer absolutamente ningún esfuerzo por el viaje.
La pereza es intrínsecamente reprobable, pero la pereza que lleva a la inutilidad es verdaderamente digna de análisis. Esta inutilidad no proviene de una capacidad limitada —porque nadie nace perfecto— sino de una actitud negativa. Se trata de una negativa a aprender, a mejorar, a aceptar comentarios y una constante disposición a buscar excusas para su inercia. En las tareas que se les asignan, no muestran iniciativa, creatividad ni disposición para pensar de forma innovadora; cuando no se les da trabajo, parecen abandonados o poco confiables. Este es el tipo de persona que ni quiere trabajar ni está dispuesta a ceder el trabajo a otros.
Pero el colmo del descaro solo se manifiesta cuando sus intereses personales se ven amenazados. Ante evaluaciones colectivas objetivas y resultados resumidos transparentes, de repente se vuelven "sensibles", "ofendidos" y, sobre todo, muy ruidosos. Hacen exigencias irrazonables con el tono de alguien agraviado, aunque nunca hayan demostrado ninguna contribución concreta al trabajo común. En ese momento, el esfuerzo colectivo, el sudor de los compañeros, las noches de insomnio de muchos parecen dejar de existir para ellos.
Su descaro se evidencia aún más en el hecho de que, en lugar de reflexionar sobre sí mismos, recurren a presionar a la organización. Cuando sus deseos personales no se satisfacen, pueden recurrir a acciones negativas: difamación, incitación, desestabilización interna e incluso dañar la reputación de la organización, todo para satisfacer su ego herido. Esto es una valentía barata, una valentía utilizada para exigir derechos, no para asumir responsabilidades.
Lamentablemente, la desvergüenza a menudo se disfraza de moralidad. Hablan de justicia, humanidad y reconocimiento del esfuerzo, pero olvidan el requisito indispensable para cualquier reconocimiento: el esfuerzo genuino. Exigen respeto del grupo, pero ellos mismos nunca han respetado la disciplina, a sus compañeros ni las normas comunes. En esta lógica distorsionada, los derechos se dan por sentados, mientras que las obligaciones son meramente… una referencia.
Un equipo puede tolerar deficiencias temporales, pero es difícil que prospere si fomenta la incompetencia prolongada. Esto se debe a que la incompetencia no solo perjudica la eficiencia laboral, sino que también erosiona la confianza, un elemento frágil pero crucial para el trabajo en equipo. Cuando se equipara a los trabajadores honestos con los incompetentes, y cuando las personas responsables se ven sobrecargadas con el trabajo de personas irresponsables, el desánimo es inevitable.
Hablar de descaro no se trata de dar nombres, sino de reiterar un principio aparentemente simple: en cualquier grupo sano, el valor individual se mide por la contribución, no por el ruido; por la eficacia, no por las exigencias. El respeto a uno mismo no proviene de ser favorecido, sino de saber dónde se encuentra uno, qué puede hacer y qué le falta por hacer.
La sociedad no teme a los incompetentes; teme a los incompetentes y desvergonzados. Porque cuando la desfachatez se considera normal, cuando la falta de integridad se justifica con palabras bonitas, no es solo un problema para un individuo, sino una señal de alerta para todo un entorno que necesita ser revisado.
Quizás sea hora de que cada persona, antes de exigir algo, aprenda a reflexionar sobre sí misma. Porque la integridad, después de todo, no es algo que se otorga, sino el límite fundamental que permite a una persona mantenerse firme dentro de un grupo.
Fuente: https://baovanhoa.vn/doi-song/ban-ve-su-tro-tren-190603.html







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