La profesión de pescador en el río Gianh le ha brindado al Sr. Tinh la oportunidad de rescatar a muchas personas en peligro a lo largo de los años, lo cual es verdaderamente admirable. Pero aquí queremos hablar de otra historia: parece que cada vez menos personas trabajan como pescadores en el río, porque el desarrollo de la economía industrial y postindustrial, junto con el cambio climático y la contaminación ambiental, está provocando la desaparición gradual de muchas ocupaciones tradicionales. El Sr. Cao Huu Tinh envejecerá, y el joven Cao Hoang An Duc seguramente irá a la universidad y trabajará en algún lugar… Si un día ya no hay pescadores en el río, y desafortunadamente una barca naufraga, ¿qué sucederá? ¿Qué desaparecerá realmente? No la pequeña barca, la red, el remo. No solo un medio de subsistencia. Lo que desaparecerá de este mundo es una relación entre los seres humanos y el agua, entre el cuerpo y la corriente, entre la memoria colectiva y el ritmo biológico de la naturaleza.
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| Cao Huu Tinh y su hijo Cao Hoang An Duc. Foto de : TRAN MINH TU |
El río Gianh. Ese río existía antes de cualquier ocupación moderna. Fluyó a través de guerras, pobreza y reformas económicas. Pero a lo largo de todo su recorrido, siempre hubo gente que vivió a sus orillas: los pescadores. Ellos pertenecían verdaderamente al río.
Cuando desaparece una ocupación tradicional, solemos analizarla desde una perspectiva económica: bajos ingresos, escasa eficiencia, competencia en el mercado y disminución de los recursos. Esta perspectiva no es errónea, pero no logra comprender la profundidad ecológica y antropológica del problema.
A nivel ecológico, la pesca tradicional funciona como un mecanismo de explotación disperso y de ritmo lento, vinculado a los ciclos naturales. Los pescadores interpretan las mareas, observan el color del agua para estimar los niveles de sedimentos y analizan los bancos de peces de los ríos según las estaciones. No necesitan modelos hidrológicos para saber cuándo se avecinan inundaciones. Sus cuerpos son sensores. Su memoria es la base de datos.
Cuando las comunidades pesqueras se retiran del río, el ecosistema pierde una capa reguladora de la interacción entre el ser humano y la naturaleza. Este vacío suele llenarse mediante dos escenarios: la explotación industrial a gran escala o el abandono del río, reduciéndolo a una mera infraestructura hídrica. En ambos casos, la relación recíproca se debilita. El río se convierte simplemente en un recurso, dejando de ser un espacio vital.
A nivel intelectual, la pérdida es aún más grave. La pesca es un sistema de conocimiento ancestral acumulado a lo largo de generaciones. Se trata de un conocimiento ecológico, una estructura de comprensión formada mediante la interacción directa con el medio ambiente. Este conocimiento no está estandarizado en libros de texto, pero posee una gran precisión empírica. Está arraigado en los reflejos. Lo vemos claramente cuando ocurren accidentes en el río. El reflejo de saltar al agua, calcular la corriente, estimar la fuerza humana en aguas frías: no son acciones impulsivas. Son las habilidades de supervivencia de quienes conocen el río. Cuando la profesión desaparece, ese reflejo colectivo también desaparece. La sociedad se vuelve completamente dependiente de los servicios de rescate profesionales y los sistemas tecnológicos. La autosuficiencia para la supervivencia disminuye.
En el plano socioeconómico, la desaparición de la pesca refleja un cambio estructural: de una economía de subsistencia a una economía de mercado; de comunidades ribereñas a la urbanización; de medios de vida basados en la tierra y el agua a la migración laboral. Si bien el ingreso promedio puede aumentar, la autonomía disminuye. Cuando todos los alimentos deben adquirirse a través del sistema de distribución, las personas pierden una forma fundamental de independencia.
La cuestión no radica en resistirse a la modernización. La sociedad no puede aislarse para preservar todas las artesanías tradicionales. Pero toda transición tiene un costo intangible. Cuando la pesca desaparece por completo, ese costo es la pérdida de la memoria colectiva y el conocimiento comunitario.
A nivel cultural, los pescadores no son meras figuras sociales, sino símbolos. Chu Dong Tu, Truong Chi, Yet Kieu… En la literatura vietnamita moderna, especialmente a través de los paisajes marinos y fluviales de Nguyen Minh Chau, la imagen del pescador emerge como la de un individuo resistente, persistente y taciturno, íntimamente ligado a la naturaleza. No representan el poder, sino la perseverancia; no la velocidad, sino el ritmo.
Este símbolo es importante porque moldea la identidad de la comunidad. Una sociedad compuesta únicamente por ingenieros, gerentes y profesionales financieros, por muy eficiente que sea, perdería su diversidad simbólica. La identidad se volvería monótona y la urbanización se generalizaría. En ese caso, el río sería solo un elemento del paisaje o una vía de transporte.
En un plano antropológico más amplio, la historia de la humanidad está intrínsecamente ligada a los ríos. Desde el Nilo hasta el Ganges, desde el Yangtsé hasta los ríos más pequeños del centro de Vietnam, los ríos son la cuna de la civilización. Los habitantes de las riberas han desarrollado sus propios sistemas de creencias, costumbres y estructuras sociales.
Cuando los residentes se alejan del río, la urbanización completa un paso más: la gente vive más en la infraestructura que en la naturaleza. Saben cómo operar el sistema, pero ya no interpretan el entorno. Entienden los gráficos, pero no el flujo del agua. Este cambio aumenta la seguridad individual frente a los riesgos, pero reduce la adaptabilidad biológica colectiva.
En un plano filosófico, la cuestión más profunda no es si preservar o no la profesión pesquera, sino más bien: ¿Hasta qué punto los humanos modernos aún necesitan una conexión directa con la naturaleza? Si todas las interacciones están mediadas por la tecnología, ¿cómo se transformará la identidad humana? Cuando el cuerpo ya no se enfrenta directamente al flujo del agua, el viento y la temperatura, perdemos gradualmente una forma de percepción sensorial del mundo .
La desaparición de la pesca puede ser una consecuencia inevitable del desarrollo. Pero si la sociedad no reconoce, preserva el conocimiento y transforma el valor de esa profesión en patrimonio cultural y educativo , entonces la pérdida será permanente.
Una comunidad madura no necesariamente tiene que conservar todas sus estructuras antiguas. Pero sí debe comprender lo que ha perdido al cambiar. Si un día nadie pesca más, el río seguirá fluyendo, los peces quizás sigan ahí. La ciudad puede prosperar. Pero el recuerdo de cierto tipo de personas que pertenecían al río se irá desvaneciendo gradualmente en el pasado.
Entonces, la cuestión ya no gira en torno a la ocupación. Se convierte en una cuestión de identidad: ¿somos una sociedad que vive en armonía con la naturaleza, o una sociedad que simplemente la utiliza?
La diferencia entre esas dos opciones es la que existe entre un río repleto de gente y un río silencioso y desierto. La probabilidad de que Cao Hoang An Duc, un estudiante de décimo grado, siga trabajando como pescador en el río, como su padre, no es nula. Pero esa probabilidad disminuye con cada generación, a medida que la educación abre otros caminos, el mercado laboral atrae a los jóvenes a las zonas urbanas y los valores sociales se vinculan más a las cualificaciones académicas que a las habilidades relacionadas con el río. Para cuando los hijos, nietos y bisnietos de Cao Hoang An Duc estén presentes, la profesión podría ser solo un recuerdo familiar.
La cuestión no radica en imponer la continuidad de las profesiones. Una sociedad moderna no se rige por el parentesco en las profesiones. Una pregunta más precisa sería: ¿Es posible preservar el valor de una profesión sin forzar la conservación de su estructura actual? ¿Es posible mantener el flujo constante de profesionales mientras la estructura económica cambia?
La respuesta reside en tres enfoques transformadores: preservar el conocimiento, institucionalizar la memoria y reestructurar la relación entre el ser humano y el río.
En primer lugar, preservar el conocimiento indígena como patrimonio cultural es fundamental. Las habilidades para interpretar el agua, predecir inundaciones y comprender las corrientes no deben quedarse únicamente en la memoria personal. Pueden documentarse, digitalizarse e incorporarse a la educación local como parte de un programa de educación ambiental comunitaria. En muchos países, el conocimiento de los pescadores se considera información complementaria para la hidrología. Japón, por ejemplo, conserva las aldeas pesqueras tradicionales como patrimonio vivo, donde las habilidades no se exhiben como objetos de museo, sino que se practican en condiciones controladas.
En segundo lugar, es fundamental institucionalizar la memoria a través de espacios culturales. Cuando una profesión decae, la comunidad puede construir un museo dedicado a ella, organizar festivales fluviales o desarrollar programas de ecoturismo. Lo importante no es convertir a los pescadores en meros proveedores turísticos, sino mantener su papel como depositarios del conocimiento. En el delta del Mekong, los espacios culturales asociados a ríos y canales han creado una identidad única. Personajes como Lao Ba Ngu en el mundo de Doan Gioi no son solo figuras literarias, sino que reflejan una estructura comunitaria real. Cuando esa comunidad es reconocida como patrimonio, la profesión no desaparece por completo; se transforma de un mero medio de subsistencia en un valor cultural y educativo.
En tercer lugar, es necesario reestructurar la relación entre las personas y los ríos hacia la cogestión ecológica. En lugar de dejar los ríos completamente bajo el control de agencias de gestión o empresas explotadoras, los residentes ribereños pueden participar en modelos de gestión fluvial comunitarios. En estos modelos, aunque ya no pesquen con regularidad, siguen desempeñando un papel importante en el monitoreo, la alerta y el intercambio de experiencias locales. El río sigue teniendo gente, no necesariamente pescadores profesionales, sino personas que lo comprenden y se responsabilizan de él.
La cuestión fundamental radica en la distinción entre preservar una artesanía y preservar sus valores. Preservar una artesanía en su estado original puede resultar imposible en una economía de mercado. Sin embargo, preservar valores, conocimientos, recuerdos, símbolos y vínculos ecológicos es posible si existen políticas conscientes y una mayor sensibilidad cultural.
Si no se hace nada, el proceso continuará por inercia: los jóvenes se marchan, los empleos disminuyen y el conocimiento se pierde con cada fallecimiento. Entonces, el río se convertirá en una mera infraestructura de gestión del agua o en una atracción turística. Un «río sin gente».
Entre esas dos opciones no hay nostalgia ni progreso. Se trata de elegir entre desarrollo con memoria y desarrollo sin memoria. Una sociedad madura no teme al cambio, pero tampoco acepta la pérdida anónima.
Si Cao Hoang An Duc ya no fuera pescador, no sería una tragedia. La tragedia surge cuando, en generaciones posteriores, nadie sabe por qué sus antepasados vivían a orillas del río, comprendían el color del limo y se atrevían a zambullirse en la corriente embravecida para salvar vidas. Mientras ese recuerdo se siga contando, enseñando e institucionalizando como una responsabilidad comunitaria, ese río seguirá siendo un río con gente viviendo a sus orillas.
Fuente: https://www.qdnd.vn/van-hoa/doi-song/dong-song-co-nguoi-1027407







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