En los días posteriores al Tet, la casa se sentía inusualmente vacía. Habían desaparecido las risas bulliciosas de los niños y las mesas abarrotadas que requerían sillas adicionales. La cocina recuperó su habitual tranquilidad. Mamá seguía levantándose temprano para barrer el patio y se entretenía cocinando, pero cada movimiento era pausado, como si quisiera atesorar cuidadosamente el preciado tiempo libre de la primavera.
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| Foto de ilustración: Vuong Dinh Khang |
El almuerzo de enero de mi madre fue sorprendentemente sencillo: un tazón de sopa de verduras de un verde intenso, un plato de huevos fritos dorados y un tazón de berenjenas encurtidas crujientes. No había pasteles de arroz pegajosos ni carne grasosa, y nadie se molestó en mencionar ningún manjar sofisticado. Quizás después de días de banquetes, la gente finalmente comprende que el verdadero placer a veces reside en la sensación de volver a las cosas más simples. Sentada frente a mi madre, al otro lado de la sencilla comida, noté que las arrugas alrededor de sus ojos se acentuaban bajo la suave luz del sol de la tarde. Ella seguía siendo la misma, seguía comiendo con calma, seguía llenando mi plato con los mejores trozos, sin importar cuánto hubiera crecido.
Al final de la tarde, salí al patio y encontré a mi vecina, la señora Hai, sentada tranquilamente en el porche. Apenas unos días antes, ese patio bullía de risas, los zapatos y zuecos de sus nietos que regresaban de la ciudad estaban esparcidos por todas partes, y el fuego de la cocina ardía sin cesar. Ahora, todo había recuperado su antigua tranquilidad. Sus hijos y nietos habían ido y venido a la ciudad, llevándose consigo el bullicio, dejando atrás una casa espaciosa. No dijo nada, solo dirigió su mirada empañada hacia el pequeño callejón y comentó: «Después del Tet, la casa parecerá mucho más grande». Sentí una punzada en el corazón.
Cuando era niño, enero era para mí una época de días largos y llenos de alegría. Era la época de las animadas fiestas del pueblo, del resonar de los tambores por las callejuelas y de la emoción de seguir a los adultos para ver las danzas del león y los juegos de columpios en la plaza. Al crecer, fui buscando menos el mundo exterior y preferí quedarme en mi habitación, rodeado de cosas viejas y entrañables: mi escritorio desgastado, una pila de libros a medio leer cubiertos de polvo y una libreta con mis planes del año anterior.
En los momentos de tranquilidad del primer mes del año lunar, releí mis viejas anotaciones del diario. Había ambiciones ardientes y sueños incumplidos. Al mirar atrás, ya no siento arrepentimiento ni remordimiento. Enero me enseñó a sonreír ante los asuntos pendientes, porque entiendo que algunas cosas se completan simplemente permaneciendo en mi corazón.
Fuente: https://www.qdnd.vn/van-hoa/van-hoc-nghe-thuat/nhung-ngay-thang-gieng-1027975







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