Hoy, por todas partes, los árboles flamboyán resplandecen con sus flores. Los estudiantes de 12.º grado se despiden en el soleado patio de la escuela, donde la luz del sol armoniza con el canto estival de las cigarras, en medio de una mezcla de nostalgia. Justo ayer, la idea de despedirse de sus sueños de juventud y dejar la escuela aún no estaba claramente definida en la mente de estos chicos y chicas de dieciocho años.
A la deriva por el torrente de recuerdos, redescubrí mi yo del pasado con el uniforme escolar. Fue hace tanto tiempo, el día en que, a regañadientes, escribí unas líneas en la linda libreta de mi compañera de clase en mi último día de clases, confiándole tantos sentimientos no expresados. Un recuerdo que permanece intacto, aunque el tiempo se haya adentrado en el abismo.
El color de la flor, comparado con "el color de la sangre del corazón", se ha convertido naturalmente en símbolo del primer amor, del inocente romance entre colegialas. El color de la flor es un preciado recuerdo, que se conserva y nutre profundamente en los recuerdos de la infancia. Y así, innumerables amores no expresados encuentran refugio en este apasionado color, y sus emociones perduran por generaciones.
El poema que escribí para la flor del fénix era torpe, sin sentido ni rima, y quizá solo contenía las emociones sinceras e ingenuas de la adolescencia, entregadas como si quisiera compartir todos los pensamientos secretos, por miedo a que mañana no hubiera más oportunidad de expresarlos. Aun así, aun así hizo llorar a mi sensible y soñadora novia…
El último verano, una época en la que todos quieren aferrarse a esos raros momentos, todos se apresuran a encontrar sus pocos recuerdos preciados, con la esperanza de que estos días no se pierdan en el ajetreo del futuro. La chica que destacaba en literatura en la clase también logró dejar huella en los uniformes blancos de sus amigas con tiernos versos: «Recuerdos, por favor, no se vayan volando / Los recordaré por siempre». Todos guardaron silencio mientras las palabras se grababan en pupitres, sillas y anuarios escolares. Luego se congelaron. Luego lloraron...
Los chicos, que solían ser traviesos y juguetones, guardaron silencio. Todos compartían la misma nostalgia y añoranza. Afuera, los flamboyán seguían brillando con fuerza, sus delicados pétalos caían como un velo, envolviendo la temporada de exámenes. Toda la ira y el resentimiento infantiles se desvanecieron de repente, dando paso a momentos entrañables y cariñosos, sabiendo que no volverían a verse la próxima temporada...
Durante la última clase, la explicación del profesor se sintió de repente extrañamente cálida y cautivadora. No hubo risas estridentes al fondo del aula, ni bromas ni bromas, sino sollozos suaves y temblorosos, como si los estudiantes no quisieran que nadie los oyera.
Cada flor de fénix resplandeciente aún ardía con pasión. De repente, capté una mirada pensativa por la ventana, perdida en una miríada de pensamientos profundos y vagos. Probablemente pensaba en el mañana, en el brillante futuro que le aguardaba y en los dulces momentos del presente, entre el torbellino de recuerdos escolares...
También atesoro los recuerdos de aquellos años inocentes, donde los racimos de flores llevaban el nombre de la nostalgia. Y hoy, caminando entre el rojo vibrante de las flores del flamboyán, vuelvo la vista hacia aquellos días lejanos, y me duele el corazón mientras susurro en silencio: ¡Mi amado flamboyán!
Fuente: https://baophuyen.vn/sang-tac/202505/phuong-yeu-6951b4a/






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