Mamá, no creas que siempre tienes la razón. No discuto contigo, no porque esté equivocada, sino porque eres mi madre y sé que te importo. Pero no me impongas tus ideas. He intentado ser una buena hija, pero ahora soy mayor, tengo mis propias opiniones, mis propios sueños y quiero ser independiente. Deberías darme espacio para poder respirar. Al oír a su hija pronunciar estas palabras con voz entrecortada y llorosa, con los ojos enrojecidos, a la madre se le partió el corazón.
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