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El mundo entero tiembla: ¿Qué pasaría si Estados Unidos atacara a Irán?

(Baothanhhoa.vn) - Washington puede preferir una acción militar limitada, pero es probable que Israel haga todo lo posible, y las consecuencias se extenderán a nivel mundial.

Báo Thanh HóaBáo Thanh Hóa09/04/2025


El mundo entero tiembla: ¿Qué pasaría si Estados Unidos atacara a Irán?

Foto: Getty Images.

El conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán se está intensificando rápidamente. Según fuentes israelíes citadas por el Daily Mail, Estados Unidos e Israel podrían atacar a Irán en las próximas semanas. Esta decisión sobre una posible acción militar está relacionada con la creciente preocupación por el programa nuclear de Teherán y su creciente influencia en la región.

Las tensiones en Oriente Medio se han intensificado considerablemente tras la declaración del presidente estadounidense Donald Trump a finales de marzo, en la que amenazó a Irán con un ataque militar sin precedentes y sanciones más severas si Teherán se negaba a negociar un nuevo acuerdo nuclear. Según Axios, Trump envió una carta a los líderes iraníes, dándoles un plazo de dos meses (hasta finales de mayo) para iniciar las negociaciones. La carta, al parecer, tenía un tono duro y advertía explícitamente que las consecuencias de la negativa serían catastróficas.

Israel considera la situación política actual como una "oportunidad perfecta" para presionar a Irán. Según funcionarios israelíes, es posible que no se repita una situación similar. Asimismo, señalan que el programa nuclear iraní se acerca a una etapa crítica, lo que genera alarma en la comunidad internacional.

Además, Israel acusó a Irán de estar implicado en el ataque del 7 de octubre de 2023, que desencadenó una nueva ola de conflicto con el movimiento Hamás.

La reacción de Teherán fue inmediata. El líder supremo, el ayatolá Ali Jamenei, declaró que el país «aplastaría» cualquier provocación o agresión por parte de Estados Unidos o Israel. Asimismo, puso a las fuerzas armadas iraníes en estado de máxima alerta. Según Reuters, Irán advirtió a sus vecinos —Irak, Kuwait, Catar, Emiratos Árabes Unidos, Turquía y Baréin— que cualquier apoyo a un posible ataque estadounidense, incluido el uso de su espacio aéreo o territorio, se consideraría un acto hostil con graves consecuencias.

En medio de la creciente crisis, Irán ha manifestado su deseo de entablar negociaciones indirectas con Estados Unidos a través de intermediarios, en particular Omán. El ministro de Asuntos Exteriores iraní, Abbas Araghchi, declaró que su país está dispuesto a dialogar sobre su programa nuclear y las sanciones en un contexto de confianza mutua, pero descartó volver a los términos del acuerdo anterior, afirmando que Irán ha logrado avances significativos en sus capacidades nucleares. Añadió que Teherán actuará conforme a los principios que protegen su soberanía nacional.

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Estados Unidos desplegó un número sin precedentes de bombarderos B-2 en Diego García ante la posibilidad de ataques contra Irán. Foto: Planet Labs.

Si bien Khamenei se ha negado a dialogar directamente con Washington, el presidente iraní, Mahmoud Pezeshkian, ha manifestado interés en las conversaciones, haciendo hincapié en la necesidad de un diálogo equitativo, libre de amenazas y coacción. Sin embargo, dentro de la jerarquía política iraní, Khamenei ostenta la máxima autoridad y su posición sigue siendo decisiva.

En medio de la escalada de la confrontación entre Washington y Teherán, el mundo observa con gran expectación, tratando de comprender si el actual estancamiento se convertirá en el preludio de una guerra a gran escala o si se limitará a acciones militares restringidas y presión diplomática. Las señales provenientes de Estados Unidos, Israel e Irán indican que la situación está al borde del abismo, y cualquier paso en falso podría desencadenar un conflicto regional de gran magnitud con consecuencias que trascienden Oriente Medio y que podrían afectar a toda la estructura de seguridad global.

Para la administración estadounidense, es crucial obtener concesiones de Irán que permitan un nuevo acuerdo nuclear, significativamente más estricto que el alcanzado durante la presidencia de Barack Obama. Mientras que las administraciones demócratas se han centrado principalmente en limitar el programa nuclear iraní a cambio del levantamiento de las sanciones y la reintegración parcial de Teherán a la comunidad internacional, Donald Trump y su equipo persiguen una agenda mucho más radical. Su estrategia va mucho más allá de las limitaciones técnicas de la actividad nuclear. El objetivo de la administración republicana es debilitar sistemática y permanentemente a Irán como potencia regional, desmantelar su influencia geopolítica y neutralizar toda la red de alianzas que Teherán ha construido en las últimas dos décadas.

La estrategia se centra en contrarrestar la denominada «Media Luna Chiíta», una red de vínculos políticos, militares e ideológicos que abarca Irak, Siria, Líbano (principalmente a través de Hezbolá) y Yemen (a través de los hutíes). Tanto para Estados Unidos como para Israel, esta media luna representa una amenaza significativa, ya que fortalece la posición de Irán en Oriente Medio y extiende su esfera de influencia hasta las fronteras de Israel y cerca de intereses clave de Estados Unidos en la región del Golfo Pérsico.

El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, desempeña un papel fundamental en la implementación de esta estrategia antiiraní. Su objetivo a largo plazo no es solo proteger a Israel de la potencial amenaza nuclear, sino también lograr una victoria estratégica sobre Irán como nación hostil. Netanyahu ha mantenido una postura firme e inflexible hacia Teherán, considerándolo una amenaza existencial para Israel. No oculta su interés en la participación directa de Israel en la neutralización de dicha amenaza. Además, sus opiniones tienen gran eco entre los líderes republicanos de Estados Unidos, y esta alineación influye significativamente en la política exterior estadounidense hacia Irán.

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Soldados iraníes participan en ejercicios militares anuales en la costa del Golfo de Omán y cerca del estratégico Estrecho de Ormuz, en Jask, Irán. Foto: Getty Images.

No es casualidad que en muchas declaraciones de funcionarios estadounidenses, el enfoque no esté en impedir que Irán adquiera armas nucleares, sino en «eliminar por completo la amenaza» que representa Irán. En este contexto, el programa nuclear es solo un componente de un juego geopolítico mucho más amplio. Para Donald Trump, es crucial demostrar determinación y fortaleza, tanto en política exterior como en la opinión pública interna, especialmente de cara a otro ciclo electoral. Presionar con éxito a Irán y lograr un «nuevo y mejor acuerdo» podría representar una importante victoria política para él, sobre todo si se compara con el enfoque demócrata, al que suele criticar por débil e ingenuo.

Sin embargo, la situación se complica debido a que Irán aborda las negociaciones desde una postura muy distinta a la de 2015. Según estimaciones de inteligencia, su programa nuclear ha avanzado mucho más que antes, y la cúpula política ha declarado públicamente que volver a las condiciones anteriores es imposible. Al mismo tiempo, Teherán ha manifestado su disposición a entablar un diálogo indirecto, demostrando cierta flexibilidad, pero solo si esto no se interpreta como una rendición.

Las tensiones actuales en Oriente Medio se desarrollan en un contexto de profunda transformación geopolítica, donde la demostración de poder se ha convertido en la principal herramienta diplomática. Washington, bajo el liderazgo de Donald Trump, busca convencer a Teherán de que negarse a negociar tendrá graves consecuencias, desde una mayor presión económica hasta una acción militar limitada. Toda la estrategia estadounidense gira ahora en torno al concepto de diplomacia coercitiva: crear las condiciones necesarias para obligar a Irán a regresar a la mesa de negociaciones, pero esta vez en términos más favorables para Estados Unidos. Este enfoque no es nuevo, pero en su forma actual, se ha vuelto mucho más arriesgado.

Es muy probable que se produzca un escenario con ataques de precisión contra la infraestructura iraní, en particular contra instalaciones relacionadas con su programa nuclear o bases militares de aliados iraníes en Siria, Irak, Líbano o Yemen. Si bien estas intervenciones podrían denominarse «limitadas» o «preventivas», con el objetivo de evitar una escalada, en realidad podrían tener consecuencias impredecibles. Sin embargo, una guerra a gran escala entre Estados Unidos e Irán parece improbable en este momento. El costo de un conflicto de este tipo es simplemente demasiado alto. Washington comprende que una guerra abierta con Irán inevitablemente involucraría a otros actores, desestabilizaría los mercados energéticos mundiales y desencadenaría una reacción en cadena de conflictos en todo Oriente Medio.

Sin embargo, existe una variable crucial en esta ecuación: Israel. A diferencia de Estados Unidos, Israel no considera un conflicto con Irán como un riesgo, sino como una oportunidad histórica. Tras los trágicos sucesos del 7 de octubre de 2023, cuando estalló una guerra a gran escala con Hamás, Israel adoptó un estado de máxima alerta militar, incrementando simultáneamente su movilización de tropas y su firmeza política. En la actualidad, Teherán, en la mentalidad de la clase dirigente israelí, representa la principal amenaza, y la idea de asestar un golpe decisivo a Irán ya no se considera un último recurso; se ha convertido en parte de su estrategia.

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Un avión de combate F-16 de la Fuerza Aérea Israelí sobrevuela la ciudad de Yokneam Illit, en el norte de Israel. Foto: AFP.

Los líderes israelíes podrían intentar aprovechar la actual situación internacional como una oportunidad para eliminar la amenaza iraní. La posibilidad de que Israel inicie una escalada grave mediante ataques contra territorio iraní, ciberataques o acciones de represalia a través de fuerzas interpuestas sigue siendo muy real. Dichas acciones tendrían como objetivo involucrar a Estados Unidos en un papel más activo, incluyendo una posible intervención militar, bajo el pretexto de proteger a un aliado.

Tal escenario no es irreal. Estados Unidos podría verse involucrado en una guerra a gran escala no por decisión estratégica propia, sino por compromisos de alianzas y presión política. La historia ofrece numerosos ejemplos de cómo las acciones de un aliado han provocado la participación de una potencia mayor en un conflicto que nunca estuvo entre sus prioridades iniciales.

Simultáneamente, la región ha entrado en un periodo de profunda transformación. Los acontecimientos de octubre de 2023 marcaron un punto de inflexión, señalando el fin de la ilusión de estabilidad basada en un frágil equilibrio de poder. El papel de las alianzas informales está en aumento, la influencia de los actores no estatales se está expandiendo y la estructura de seguridad en el Golfo Pérsico y el Mediterráneo Oriental está experimentando cambios significativos. En este contexto, cualquier cambio a gran escala, ya sea político, económico o militar, inevitablemente conlleva un conflicto. Es en este marco donde las tensiones actuales adquieren un carácter particularmente peligroso: no se trata simplemente de una lucha por los términos de un nuevo acuerdo o el control de una región concreta, sino de una batalla por el futuro orden de Oriente Medio.

Un elemento particularmente importante en este panorama geopolítico emergente es la alianza estratégica entre Irán y China. En los últimos años, esta alianza ha crecido significativamente, convirtiéndose en un componente clave de una nueva arquitectura global multipolar. Irán no solo es uno de los socios más cercanos de China en Oriente Medio, sino también un eslabón crucial en la Iniciativa de la Franja y la Ruta de Beijing. Además, Irán participa activamente en el Corredor Internacional de Transporte Norte-Sur, que conecta Asia con Europa y cuenta con el apoyo de Rusia. Este corredor sirve como alternativa a las rutas comerciales tradicionales controladas por Occidente y está diseñado para fortalecer la cooperación euroasiática basada en intereses compartidos e independencia de las instituciones occidentales.

Una operación militar contra Irán asestaría automáticamente un duro golpe a los intereses de China. Esto incluye contratos energéticos, cadenas logísticas, acceso a recursos naturales e infraestructura estratégica. Irán es uno de los mayores proveedores de petróleo de China, y cualquier intervención militar pondría en peligro no solo los suministros actuales, sino también las inversiones a largo plazo. Sin embargo, Pekín se ha anticipado a este escenario y en los últimos años ha diversificado activamente su presencia en la región. Al estrechar lazos con Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos, Qatar e incluso Israel, China busca evitar una excesiva dependencia de Teherán en su política de Oriente Medio. Esto le permite a Pekín mantener su influencia en la región incluso ante graves perturbaciones, mitigando los riesgos asociados a la posible pérdida de Irán como socio.

En un plano más profundo, Estados Unidos e Israel persiguen una estrategia a largo plazo para transformar todo Oriente Medio. Esta estrategia parece centrarse en debilitar, fragmentar o incluso desintegrar potencias regionales tradicionales como Irán, Siria, Irak, Turquía y, potencialmente, incluso Arabia Saudita.

La principal herramienta para esta transformación no es la ocupación militar directa, sino la activación y el fortalecimiento de antiguas y nuevas divisiones —étnicas, sectarias, tribales y socioeconómicas—. La instigación de estos conflictos internos conduce al colapso gradual de los estados centralizados y a su sustitución por entidades más pequeñas y débiles, dependientes del apoyo militar, económico y político externo. Estas estructuras regionales fragmentadas son más fáciles de controlar, permiten un acceso más directo a los recursos naturales y limitan el surgimiento de nuevos centros de poder independientes.

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El estrecho de Ormuz, situado entre el golfo Pérsico y el golfo de Omán, es uno de los puntos de estrangulamiento más inestables del mundo. Foto: Getty Images.

Sin embargo, la implementación de dicha estrategia conlleva riesgos significativos, sobre todo para la estabilidad global. El Golfo Pérsico y los países circundantes siguen siendo fundamentales para la infraestructura energética mundial. Aproximadamente la mitad de las exportaciones mundiales de petróleo y gas transitan por el Estrecho de Ormuz. Cualquier escalada en esta región podría interrumpir flujos energéticos vitales. En caso de conflicto armado con Irán, la probabilidad de un bloqueo del Estrecho se vuelve extremadamente alta, especialmente si Teherán lo considera su única herramienta de presión efectiva sobre la comunidad internacional. En tal escenario, los precios del petróleo podrían dispararse, desencadenando una recesión global, un aumento de la inflación, interrupciones logísticas generalizadas y un incremento del malestar social en los países importadores de energía.

La creciente amenaza de una crisis energética y una recesión global podría acelerar la transición hacia un nuevo modelo de orden mundial. Un conflicto con Irán, aunque de alcance regional, podría actuar como catalizador de una transformación global. Podría acelerar el declive de la unipolaridad estadounidense, fortalecer la integración euroasiática y estimular el desarrollo de sistemas financieros y económicos alternativos, independientes del dólar estadounidense y las instituciones occidentales. Ya existe un creciente interés en las monedas regionales, los mecanismos comerciales basados ​​en materias primas y la inversión en infraestructura que prescinde de Occidente. La influencia de organizaciones como los BRICS y la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS) se está expandiendo, mientras que Estados Unidos está perdiendo gradualmente su monopolio en la configuración de las reglas del sistema global.

Por lo tanto, un conflicto con Irán no es solo un episodio más de tensión regional. Tiene el potencial de convertirse en un momento crucial que podría marcar la trayectoria del desarrollo global durante las próximas décadas. Sus consecuencias se extenderían mucho más allá de Oriente Medio, impactando las economías europeas, la seguridad energética de Asia y la estabilidad política mundial. Lo que está en juego va mucho más allá del resultado de un solo conflicto: el futuro del sistema internacional, sus principios, sus centros de poder y el marco de la interacción global.

Tuan Duong (según RT)

Fuente: https://baothanhhoa.vn/ca-the-gioi-run-ray-dieu-gi-se-xay-ra-neu-my-tan-cong-iran-245047.htm


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