Los niños estaban cerca, emocionados, esperando encontrar algún trozo de bambú sobrante para pedirle a su padre que les ayudara a hacer sus cometas. En medio del patio, su madre se ocupaba de un montón de cacahuetes, cuyas cáscaras crujían al sol, con cada grano seco y enrollado. El sol de la tarde proyectaba rayos dorados, entrelazando recuerdos de un verano tranquilo.
Siempre tengo la sensación de que las tardes de verano se hacen más lentas de lo habitual. El suave y persistente sol de verano impacienta a los niños que están dentro de casa. Anhelan que el sol se ponga por completo para poder salir corriendo a los campos y terraplenes a jugar al fútbol y volar cometas. Siempre estoy de muy buen humor, esperando una llamada familiar de mis amigos.
Para mí y mis amigos de la infancia, esas tardes de verano eran verdaderamente celestiales. En aquel entonces, internet y los teléfonos inteligentes no estaban tan extendidos, así que nadie sabía nada de tecnología; los niños simplemente se hacían amigos de la naturaleza y las plantas.
No puedo contar las veces que mis pies descalzos han paseado tranquilamente por los frondosos terraplenes, ni las veces que he cruzado los campos áridos después de la cosecha. El barro se me pegaba a los pies, pero siempre tenía una sonrisa en el rostro.
Los juegos infantiles como volar cometas, plantar flores, jugar a las canicas y otros juegos tradicionales siempre nos fascinaban, y los jugábamos todas las tardes. Estos niños bondadosos confiaban sus sueños a sus cometas de papel, con la esperanza de que, de grandes, volaran lejos.
Las tardes de verano en el campo a veces son ruidosas con el incesante canto de las cigarras en los árboles, el ladrido incesante de los perros y el cacareo de las gallinas llamando a sus polluelos. Algunas noches, me quedo despierta, dando vueltas en la cama, atormentada por todo ese ruido. Mirando por la ventana, veo a mi madre agachada, sacando agua con cubos para regar las plantas.
En esos momentos, anhelaba un chaparrón para que mi madre no tuviera que trabajar tanto y los árboles volvieran a estar verdes, dando frutos deliciosos. A veces, el ruido provenía de las viejas palanganas de la gente que las cambiaba por helado. Chatarra, palanganas y sandalias de plástico rotas eran tesoros preciosos que se intercambiaban por un refrescante helado.
Cada vez que recuerdo aquellos momentos, sentado tranquilamente en el porche, sosteniendo un helado fresco, siento la dulzura de mi infancia en medio de aquellas amorosas tardes de verano…
En las tardes de verano, recuerdo aquellos días en que se iba la luz. Mi madre nos animaba a mi hermana y a mí a darnos un baño rápido para poder cenar por la noche. En aquel entonces, el pozo era tan profundo que encorvarse para sacar un cubo de agua era agotador. Verternos el agua fría encima nos daba escalofríos.
A veces llevábamos la ropa al pozo del pueblo para lavarla, lavarnos el pelo con champú y charlar con todos. Ojalá pudiera revivir esos años, aunque solo fuera una vez en la vida. El pozo se rellenó hace mucho tiempo, reemplazado por agua del grifo y agua de pozos perforados que se bombeaba directamente a los tanques.
Recuerdo sentarme y comer bajo la parpadeante lámpara de aceite, con el sudor goteando por mi espalda desnuda, deseando que la tarde de verano pasara rápido…
Después de tantos años de madurar y reflexionar, me he dado cuenta de que las tardes de verano me llenan el corazón de una extraña mezcla de emoción y nostalgia. Es un lugar donde el amor y la paz sencilla impregnan las almas de quienes están lejos de casa.
No importa donde estemos, ciudad o campo, las tardes de verano, para mí y para ti, se han convertido en preciosos momentos de unión y reencuentro.
Fuente: https://baophuyen.vn/van-nghe/202506/chieu-mua-ha-25b0379/






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