Al cruzar el río Hau por la tarde, me conmovió darme cuenta de que la temporada de lluvias se acercaba al delta. Varias ramas de jacintos de agua, arrastradas por la corriente desde aguas arriba, cubrían el suelo aluvial de color marrón rojizo con una alfombra verde. De niños, estábamos familiarizados con la temporada de lluvias. En nuestra imaginación infantil, la inundación era como una amiga que llegaba naturalmente y luego retrocedía tras varios meses sumergiendo los campos.
En la década de 1990, la temporada de inundaciones llegaba y se iba con una regularidad casi fija. Alrededor del quinto día del quinto mes lunar, mis vecinos lo llamaban el momento en que el agua pasaba de cristalina a turbia. En esa época, todas las familias preparaban panqueques de arroz para celebrar el Tet (Año Nuevo vietnamita), el equivalente a la mitad del año. La gente de mi pueblo también empezaba a recordar los aparejos de pesca guardados en el ático o detrás de la casa, porque se acercaba la temporada de pesca.
Mi padre salió corriendo al jardín para elegir unos viejos y gruesos tallos de bambú para cortar. Dijo que los cortaba con anticipación para tenerlos listos cuando fuera necesario para construir un puente. Como nuestra casa estaba muy alejada en el campo, a casi cien metros de la carretera principal, necesitábamos un puente de bambú para transportarnos. En aquel entonces, casi todas las casas de aquella aldea pobre dependían de un puente de bambú para mayor comodidad. Después de cortar el bambú, mi padre sacó su vieja red de pesca y remendó las partes rotas. Durante los meses en que los campos se inundaban, la red de pesca era el único sustento de la familia.
En el sexto mes lunar, el agua inundaba los campos, creando una extensión blanca y resplandeciente en las llanuras lejanas. En ese momento, las familias que aún tenían cosechas por recolectar se apresuraban a terminarlas antes de la inundación. Mi padre también sacaba su pequeña barca para recubrirla con cemento, preparándola para pescar durante los meses de peregrinación que se avecinaban. Para él, la barca era un recuerdo que le había dejado su bisabuelo, así que debía cuidarla con esmero.
En julio, el agua se desbordaba. En el mercado aparecían peces pequeños como la cabeza de serpiente, el bagre y la tilapia. Mi madre nos compró a mis hermanos y a mí algunas trampas para pescar bagres mariposa y bagres rayados. Fue entonces cuando los dos, con el pelo muy corto, empezamos a ganarnos la vida. Por desgracia, solo pescábamos lo suficiente cada día para hacer un guiso, y nos picaban las hormigas rojas, dejándonos llagas...
Luego, en el octavo mes lunar, el agua subió muy rápido. Por la mañana, el agua apenas les llegaba a la cintura a los niños. Al mediodía, ya les llegaba al pecho. Mi padre ya había construido un puente de bambú para crear un camino. Cada pocos días, lo elevaba unos centímetros. Mis hermanos y yo también teníamos un lugar para jugar. Los plataneros al borde de la colina morirían si el agua les llegaba a la base. Los bajamos para usarlos como balsas. En las balsas, celebramos el Festival de Medio Otoño con faroles caseros hechos con latas vacías.
Aquella inundación de agosto coincidió con la abundancia de peces de agua dulce. Mi padre solía pescar peces pequeños. Aprovechando la ocasión, recogía algunos brotes de espinaca acuática que flotaban en la superficie del agua y unos racimos de flores de sesbania para que mi madre preparara una sopa agria. Aquella sencilla cena bajo el humilde techo de paja nos reconfortaba en nuestra infancia. Por aquel entonces, creíamos que todo era inmutable, sin darnos cuenta de que el tiempo jamás retrocede...
Poco a poco, crecimos y empezamos a preocuparnos por nuestro futuro. El viejo rincón de nuestro pueblo se desvaneció en el pasado. La humilde aldea, con su docena de casas destartaladas en medio de los campos, ya no existía, dando paso a una zona residencial nueva y más moderna. Y la temporada de inundaciones nunca regresó. ¡Así como mi madre ya no trabajaba en su sencilla cocina, preparando con esmero la cena de aquellos años!
Aún hoy, siento nostalgia por la época de las inundaciones en las zonas altas. Cada vez que regreso a esa época, las imágenes del pasado vuelven a cobrar vida. Allí, vislumbro las risas alegres de los niños bañándose en los campos al mediodía. Allí, también recuerdo a mis hermanos y a mí cargando cubos para revisar nuestras trampas de pesca cada mañana y cada tarde...
THANH TIEN
Fuente: https://baoangiang.com.vn/don-lu--a423238.html






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