
Ilustración: MINH CHI
La biblioteca, antes llena del susurro de las páginas, ahora está envuelta en un silencio denso, como un anciano durmiendo sobre un montón de recuerdos. El aroma a papel viejo, madera en descomposición y el tiempo se entrelazan, creando una sinfonía del pasado.
Tung, con un plumero en la mano, caminaba despacio y con cuidado, como si temiera romper el silencio. Su trabajo no era simplemente limpiar, sino un ritual sagrado. Con cada limpieza, no solo limpiaba los libros, sino que alimentaba los "sueños" que ocultaban.
Tung posee una habilidad especial. Puede ver los sueños de sus lectores. No son pensamientos abstractos, sino delicadas volutas de humo, cada una con su forma y color distintivos, que emanan de libros desgastados. Aquí, en un descolorido libro de texto de aviación, un pequeño avión de papel da vueltas, como si estuviera a punto de despegar. Al otro lado, en un viejo mapa de un explorador, centellea un humo marrón brillante, salpicado de pequeñas motas rojas como destinos inalcanzables... Son vibrantes, luminosos. Y Tung atesora cada uno de sus "sueños".
Para él, esta biblioteca no es sólo una colección de libros, sino un universo de aspiraciones, donde él es el guardián, protegiendo y apreciando silenciosamente cada sueño olvidado.
Una tarde tranquila, mientras los rayos plateados del sol se filtraban por el cristal de la ventana, Tung caminó lentamente hacia el rincón menos visitado de la biblioteca. Allí, sobre un desgastado libro de texto de astrofísica, vio una visión inquietante. Era un «sueño» completamente diferente. No una columna de humo brillante como la de un avión, ni un espectáculo vibrante como el de las flores. Era solo una columna de humo gris y marchita, enroscada patéticamente, como una hoja seca arrastrada por el viento.
Al mirarlo, Tung no solo vio un color desvanecido, sino que también sintió una profunda tristeza, un vacío que lo atormentaba profundamente. Sabía que este "sueño" pertenecía a la anciana que a menudo veía sentada en silencio en esa destartalada silla de mimbre.
La anciana tenía el pelo blanco, cuidadosamente recogido en un moño, pero sus ojos nublados reflejaban una melancolía indescriptible. A menudo permanecía allí sentada largo rato, su pequeña figura empequeñecida por el vasto espacio, mirando el libro sin siquiera pasar las páginas.
Caía la tarde y la luz de la biblioteca se había tornado de un amarillo pálido, envolviendo cada estantería vieja. El tictac del reloj de péndulo del salón principal se hizo más claro, fundiéndose con la quietud del espacio. Tung se acercó y se detuvo a unos pasos de la silla de mimbre de la anciana. Fingió ordenar, golpeando suavemente el lomo de un libro con un plumero, lo justo para atraer su atención.
Tras unos segundos de vacilación, Tung respiró hondo y habló. Su voz era suave y cálida:
—Abuela, te he visto a menudo sentada aquí. Este libro debe ser buenísimo, ¿verdad?
La anciana levantó la vista; sus ojos, nublados por los años, se movían sutilmente, como una pequeña piedra arrojada a un lago en calma. La melancolía persistía, pero un destello de luz había aparecido. Su voz era suave, baja y llena de nostalgia, como el suspiro del tiempo:
"Me recuerda... una época. En aquel entonces, yo era igual que tú ahora... llena de sueños", susurró la anciana, con sus delgadas manos entrelazadas. "Quería ser astrónoma, tocar las estrellas, descubrir los secretos del universo".
Tung escuchaba. Cada palabra que pronunciaba no era un simple sonido, sino como gotas de lluvia cayendo sobre el polvo de un recuerdo olvidado. Sus ojos miraban a lo lejos, como si contemplaran un cielo estrellado de hace muchos años. En los ojos de Tung, el gris "sueño" de su libro de astronomía se agitó de repente, temblando.
"Pero la vida no es un libro lleno solo de páginas hermosas. Mi padre enfermó y la fortuna familiar decayó. La lucha por la supervivencia me alejó de las estrellas, de esas fórmulas áridas pero cautivadoras", su voz se fue apagando, conteniendo las lágrimas.
Tung sintió un dolor, un arrepentimiento que había estado enterrado durante demasiado tiempo.
Cerró los ojos con suavidad, y una lágrima solitaria rodó por su mejilla arrugada hasta el lomo del libro. En ese instante, Tung vio cómo el humo gris de su «sueño» se contraía de repente, como una herida sangrante. Cada palabra que pronunciaba no era una historia, sino un cuchillo que atravesaba su propio sueño, desvaneciéndolo hasta que solo quedó un gris desesperanzado.
3. Tung decidió implementar una "terapia" especial. Cada día, elegía en secreto un libro de ciencias nuevo y muy interesante y lo colocaba justo donde solía sentarse su abuela. Además, metía cuidadosamente un pequeño trozo de papel con citas inspiradoras: "La ciencia no es solo lógica, también es belleza" o "Mira las estrellas, no a tus pies"... Todo esto lo hacía en silencio, como un jardinero que cuida una semilla dormida, esperando que algún día brote.
Día tras día, Tung observaba desde lejos. Vio a la anciana sonreír al leer las pequeñas notas, mientras las arrugas alrededor de sus ojos se suavizaban. Empezó a hojear libros nuevos, con los ojos brillantes de la emoción de alguien que redescubre su pasión.
Lo más sorprendente fue que Tung notó que el "sueño gris" de su abuela comenzaba a mostrar diminutas motas de luz, como pequeñas estrellas que aparecían gradualmente en el cielo nocturno. Sabía que su "terapia" había funcionado.
***
El reloj de péndulo del salón principal dio las cuatro. Su resonante campanada rompió la quietud de la tarde. Tung estaba limpiando cuidadosamente el lomo de sus libros como ritual cuando una voz suave y apacible exclamó:
-Tung...
Se giró y quedó atónito. Ante él no estaba la mujer de ojos melancólicos de siempre, sino alguien completamente diferente. Su rostro hoy lucía inusualmente radiante, como iluminado desde dentro. Las arrugas en las comisuras de sus ojos ya no eran rastros de tristeza, sino los destellos de una cálida sonrisa.
En sus manos, un viejo libro de ciencias emitía un humo brillante. El humo era cristalino, con los colores de las estrellas y las galaxias. Vibraba, se arremolinaba y flotaba. Un "sueño" completamente nuevo y esperanzador.
La anciana le entregó lentamente a Tung los pequeños trozos de papel con las citas que él había dejado discretamente. Su voz temblaba de emoción, pero su mirada era firme:
Sabía que era su nieto. No le sorprendió. Estos libros, estas citas... le levantaron el ánimo. Le recordaron que su sueño seguía ahí, solo que lo había guardado con demasiado cuidado en la caja del tiempo.
Tung guardó silencio. Se le llenaron los ojos de lágrimas al escucharla continuar:
Hoy vengo a contarte que... volví a solicitar plaza en la universidad. Has sembrado una semilla de esperanza en mí. Gracias, mi "guardián de los sueños".
Tung estaba atónito, sin palabras. Nunca imaginó que su pequeño y silencioso acto pudiera provocar un cambio tan profundo. No era un mago, sino simplemente alguien que escuchaba y nutría un alma endurecida.
Tung miró a la anciana con una sonrisa radiante, con los ojos llenos de lágrimas. Su "sueño" había regresado. No por arte de magia, sino por compasión.
Fuera del viejo marco de la ventana, los últimos rayos de sol se desvanecían, dando paso a la luna creciente que se filtraba en la biblioteca. Esa luz plateada se posaba suavemente sobre los libros, haciendo que los sueños latentes brillaran como estrellas en el cielo nocturno. Tung sabía que cada acto de bondad, por pequeño que fuera, podía encender una estrella en el corazón de alguien. Y entonces, el universo entero se iluminaría.
Cuentos de Luong Dinh Khoa
Fuente: https://baothanhhoa.vn/nguoi-trong-giu-giac-mo-275697.htm






Kommentar (0)